El frente sanitario

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No resulta sorprendente que la ofensiva desplegada por la oposición socialista contra el Gobierno haya elegido como flanco más apetecible el ámbito de la Sanidad, tan sensible y vital para los ciudadanos. Los casos de las «vacas locas», el «Tireless» y el «síndrome balcánico» ofrecen pretexto más que suficiente para la elección de este frente opositor. El PSOE no sólo tiene el derecho de hacerlo sino también el deber derivado de su responsabilidad como principal partido de la oposición. En el ejercicio de esta legítima función, nada hay tampoco de anómalo en la exigencia de dimisión planteada a los ministros de Sanidad y Agricultura, Celia Villalobos y Miguel Arias Cañete. Pero oponerse no significa, sin más, tener razón. La eficacia de la oposición depende de la solidez de los argumentos esgrimidos y del planteamiento de alternativas claras, de acción o de omisión, a la política del Gobierno.

Ciertamente incumbe al Ejecutivo la responsabilidad política en el manejo de las crisis, especialmente en lo que se refiere a las tareas de coordinación entre los Departamentos y cierta falta de diligencia en la adopción de algunas medidas necesarias, sobre todo, de naturaleza preventiva e informativa. La revelación de que la familia del director general de Ganadería es propietaria de una industria que se dedica a la fabricación de harinas cárnicas hace necesaria, por otra parte, una investigación a fondo que esclarezca si además de una evidente falta de estética existen responsabilidades de otro tipo. Ante la descoordinación ministerial, el Gobierno se ha visto obligado a dejar en manos del vicepresidente primero, Mariano Rajoy, las riendas de una crisis como la de las «vacas locas» que ha brindado nuevas posibilidades argumentativas a la estrategia de la oposición. El intento socialista de pescar en río revuelto ha contado hasta ahora con la indeliberada colaboración del Gobierno empeñado en contribuir a remover las aguas. Sin embargo, también es cierto que en las acusaciones de la oposición abunda más el ruido que las nueces. En primer y principal lugar porque en los tres casos citados el origen del problema es exterior, ajeno a la responsabilidad del Gobierno. Sólo le incumbe, lo que no es, por otra parte, poco, cierta falta de reflejos y graves fallos de coordinación. En segundo lugar, porque el natural fervor de la oposición no va acompañado de la necesaria concreción acerca de las medidas que el Ejecutivo debió haber tomado y no tomó, o de las que adoptó erróneamente. En el caso de las «vacas locas» ni siquiera existe unanimidad entre los expertos acerca de la transmisión y consecuencias del mal, y, además, suele omitirse la responsabilidad de las Comunidades autónomas, que tienen transferidas las competencias en materia de Sanidad. En el caso de la leucemia, no existe evidencia del nexo causal entre el uranio empobrecido utilizado por las tropas de la Alianza y el origen de la enfermedad, y, en cualquier caso, rebasaría el ámbito de competencias del Gobierno. Por lo que se refiere al submarino nuclear británico averiado en Gibraltar, el problema estriba en la evidencia, certificada por los expertos, de que el traslado en las presentes circunstancias entrañaría mayores riesgos para la población que su reparación en el emplazamiento actual. Exigir al Gobierno británico el traslado inmediato del «Tireless» podría ser un remedio más peligroso que la enfermedad.

La dimisión o destitución de Villalobos no debería descartarse, pero no es posible acusar de ineficacia a Arias Cañete, sin injusta exageración. Otra cosa es que esté obligado a destituir a su director general de Ganadería si se llega a la conclusión de que se sirvió de su cargo. La oposición cree haber encontrado en estos casos un filón, pero la riqueza de la veta no depende de la riqueza de sus argumentos ni de la responsabilidad contraída por el Gobierno en el origen de los tres casos, que no existe, sino en su relativa torpeza para manejar unas crisis exógenas.