Una Francia más atlántica

EL viraje estratégico que ha dado el presidente Nicolas Sarkozy a la política exterior francesa va mucho más allá de una aparente reconciliación con la administración norteamericana del presidente

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EL viraje estratégico que ha dado el presidente Nicolas Sarkozy a la política exterior francesa va mucho más allá de una aparente reconciliación con la administración norteamericana del presidente George W. Bush. Al fin y al cabo, si éste era el objetivo, no tendría mucho interés arreglar las cosas con un presidente que está en la recta final de su segundo mandato y cuando la situación en Mesopotamia se reduce a buscar una ventana de oportunidad para poder reducir la presencia militar con un mínimo de daños. El gesto de Sarkozy tiene precisamente más interés porque en este caso es evidente que se trata de un movimiento a largo plazo, para situar a Francia en una posición más adecuada a la realidad internacional.

La Francia de la segunda mitad del siglo XX ha buscado un lugar en el mundo a través de sólidas alianzas con Occidente, pero tratando de preservar al mismo tiempo una orgullosa independencia estratégica. Desde 1966, había mantenido una relación peculiar con la Alianza Atlántica, de la que se mantenía fuera de la estructura militar integrada. Con el anuncio formal de que Sarkozy va a terminar con esta excepcionalidad, Francia da un paso que parece pequeño desde fuera, pero que significa un cambio gigantesco de sensibilidad que difícilmente ningún otro presidente de la República podrá desandar en el futuro.

La nueva dimensión atlántica de Francia lleva consigo otro cambio igualmente trascendental: impulsar el reforzamiento de la idea de una defensa europea. Más allá de las experiencias como la Brigada franco-alemana o el Eurocuerpo, que han sido fructíferas en lo político pero claramente insuficientes en lo militar, Francia va a revivir viejos proyectos franco-británicos que Jacques Chirac y Tony Blair pusieron en marcha en Saint Malo, porque es evidente que ninguna defensa europea puede tener sentido sin el concierto de los dos únicos países que cuentan con una verdadera potencia militar de proyección mundial, por no hablar de sus arsenales nucleares.

Es decir, Sarkozy quiere una Francia definitivamente más atlántica, y además pretende aumentar el peso del componente europeo en la OTAN a través de la concertación con el más estrecho aliado tradicional de Estados Unidos. No hace falta decir que tal evolución generará una inercia de la que los países que están en el siguiente escalón militarmente hablando (Alemania, Italia, Holanda y naturalmente España) se van a ver sumidos. El Gobierno socialista español, que había puesto todas sus cartas en el apoyo francés en la OTAN para mantenerse entre dos aguas después de la intempestiva retirada de Irak, se puede quedar muy solo si no toma nota de lo que está haciendo Francia.