FRANCIA, HUMILLADA

Por César ALONSO DE LOS RÍOS
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DESDE hace unos cuantos años vengo manteniendo unos coloquios sobre la actualidad política con un grupo de franceses, licenciados en lengua española. Nunca había dejado de aflorar en las intervenciones de éstos ese aire de superioridad que tienen nuestros vecinos en cuanto se insinúa la comparación entre España y Francia. En todo caso este chovinismo no me había resultado nunca tan insufrible como en esta ocasión. Sin duda estaba en el ambiente la tensión de nuestros Gobiernos respectivos con motivo de la guerra de Irak. Los que tomaron la palabra lo hicieron para calificar la transición española como un proceso espurio que había servido para obviar las responsabilidades políticas derivadas de la dictadura; otros trataron de justificar el terrorismo etarra. En mis respuestas dediqué el tiempo justo para describir la reconciliación de los españoles de todas las ideologías con la excepción de los nacionalistas. A continuación me dediqué a colocar a los alumnos ante su propio espejo. Les recordé el respaldo nacional que tuvo el gobierno de Vichy; el manto de silencio con el que han tapado los intelectuales y políticos franceses aquel periodo de infamia, del que nunca se habrían «liberado» a no ser por Estados Unidos, el Imperio de ahora; la línea de coherencia que va de Petain y el colaboracionismo nazi al pacifismo en relación con Sadam Husein; la inexistencia de un proceso similar al de Nuremberg al final de la II guerra mundial; la práctica sistemática de la tortura -hasta la muerte- en Argelia en tiempos de Guy Mollet; el gusto de los gobernantes franceses por el terrorismo de Estado y, de modo muy especial, François Mitterrand; la resistible ascensión de Le Pen gracias a la unión electoral de la derecha y toda la izquierda; la irresistible de Jacques Chirac, que posiblemente tenga que sentarse en el banquillo de los acusados el día en que pase de presidente a simple ciudadano...

Demasiada humillación para nación tan democrática, especialmente cuando se hace desde España. Pero, ¿qué amor nos tendrán otros franceses cuando nos quieren de este modo los que explican lengua española? El país más unitarista del mundo critica el jacobinismo de nuestro sistema autonómico hasta el punto de justificar el terror de los etarras, lo cual no es extraño a los comportamientos de unos gobiernos -de derecha y de izquierda- que les vienen dando cobijo. Lo de Córcega es para ellos puro movimiento mafioso y de escaso alcance.

Pero quizá las heridas más graves para la nación francesa en estos momentos no les vengan de la competencia política y económica que les viene del vecino español sino del desprestigio en el que están cayendo las joyas de la nación francesa: la lengua y el Estado. Sin ellas, ¿qué quedará de la nación? La lengua francesa se va reduciendo a las fronteras naturales, las del propio territorio francés. La francofonía pierde terreno a pesar de que los gobiernos de París sacrifiquen la democracia a los dictadores y matones con tal de mantener la hegemonía cultural. Pero, ¿qué decir del Estado y de la Administración y del funcionariado? La canícula de julio y agosto los ha puesto contra la pared. El aparato estatal, ejemplar hasta la fecha, tan eficazmente intervencionista, se ha revelado frágil, ineficaz, torpe. Si las inundaciones del pasado verano supusieron una severa llamada de atención a la improvisación, la canícula de julio y agosto ha provocado cinco mil muertes. Una subida de los termómetros a 41 grados de máxima ha puesto de manifiesto la deficiencia de los hospitales, la inexistencia del aire acondicionado, los fallos de los servicios de urgencia médica, la opacidad informativa. El «Prestige» a la francesa.

La comparación con España era inevitable aquí. Las muertes no han llegado a cuarenta. Los licenciados franceses han vuelto a su país con vida.