Feria del libro

Por JAIME CAMPMANY
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Ayer mañana caí un rato por la Feria para firmar libros en la caseta de Rubiños, el mejor librero de todos los países alfabetizados. El cielo estaba encapotado y se olía suavemente a lluvia de verano. El calor no era tan insoportable como en estos días pasados cuando los pájaros se asaban a un sol de justicia, anticipo del infierno para réprobos, ese lugar que no tiene lugar según la tranquilizadora revelación del Papa Juan Pablo II. A pesar de que el tiempo ha traído el alivio de un conato de fresco, no se ven muchos compradores o paseantes por la Feria. Los veteranos firmantes calculan enseguida las posibilidades de firma por el número de visitantes que llevan en la mano bolsa con libro y por los que van a manos libres.

Este año no tengo libro nuevo, sólo la traducción del Cyrano que hicimos mi hija Laura y su padre, más bien ella porque mi francés es más o menos como el que Felipe González hablaba con Monamí Fransuá. Pero me consuelo con dos espectáculos. Uno, viendo que algunos presuntos firmantes se encuentran instalados en el mismísimo desierto del Sahara. Para mí, por muy buen corazón que yo tenga en mi pecho de periodista y aprendiz de escritor, contemplar a otro escritor expuesto en una caseta de la Feria sin un lector que llevarse a la pluma, siempre es un espectáculo secretamente reconfortante. Si se quiere extremar la crueldad, el colega debe acercarse al firmante clandestino y preguntarle con tono jovial: «Qué, estarás firmando mucho, ¿verdad, maestro?»

Algún visitante se queda mirando desde lejos con curiosidad, y entonces el escritor solitario adquiere la apariencia de una de esas furcias viejas y pintarrajeadas que esperan al posible aunque poco probable cliente desde detrás del cristal de su escaparate, en la famosa calle de Amsterdam. Bueno, al menos la mozcorra sin clientes se entretiene haciendo labor de punto o cadeneta de ganchillo. El escritor, ni eso. El segundo consuelo es que a mi lado, en la misma caseta, firmaba Alfonso Ussía la colección de todos los libros de la saga del marqués de Sotoancho, sus aventuras, venturas y desventuras, y los estaba vendiendo como rosquillas del Santo o como yemas de Santa Teresa. De vez en cuando caían sobre mí algunos compradores de rebote, y he aquí por qué razón hasta los más egoístas y envidiosos deben alegrarse del bien del hermano, del amigo y del vecino.

Cierto amigo mío, sabio y bonviván, me enseñó una norma muy útil para pasar por la vida disfrutando de una relativa felicidad, o sea, la felicidad posible. «Yo me alegro mucho de que mis amigos se hagan ricos porque, sin tener yo el angustioso cuidado de manejar una fortuna, seré huésped de buenas casas, comeré en buenas mesas, viajaré en buenos automóviles, me embarcaré en buenos yates, y además no tendré que prestarles dinero y viviré libre del peligro del sablazo». Cuando me jubile definitivamente, proyecto triunfar con los buenos éxitos de mis amigos. Naturalmente, a Alfonso Ussía ya lo tengo en la lista. Quiero terminar mi vida pasando la mitad del año en el Lago Maggiore y la otra mitad en «La Jaralera».

Mi mujer anda paseando la Feria y curioseando en las casetas con bicho firmante. Me informa de que hay colas ante Antonio Gala, o sea, como siempre, y también delante de Mario Vargas Llosa. Eso es natural, porque los dos son grandes escritores y escritores de éxito, que a veces no coinciden ambas circunstancias. Lo extraño es que los compradores se arremolinen ante Sara Montiel, que posee otros encantos y saberes, pero no el de la literatura, o ante Boris Izaguirre, especialista en la antropología de «Gran Hermano». Se me viene Lope al recuerdo. «Porque como lo paga el vulgo es justo hablarle en necio para darle gusto.»