Feliz Feria del Libro

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FUE en el año 1933, siendo ministro de Instrucción Pública Salvador de Madariaga cuando se inauguró una primera Feria del Libro en Madrid. Con aquella primera presencia del libro en la calle —duró siete días, contó con veinte casetas y se alcanzaron las 40.000 pesetas— la ciudad se convertía, así, en el espacio de divulgación y popularización del libro. Las Ferias del Libro se definen desde aquellos días en el lugar de encuentro, exposición y presencia activa de todos: lectores, autores, editores, distribuidores, libreros, medios de comunicación... En la Feria caben todos: los lectores habituales y los ocasionales, los paseantes del Retiro madrileño y los visitantes de paso; y cabe todo, la feria de novedades y los libros de fondo; allí se da cita lo más granado de la edición española —hoy ABC Cultural recoge una serie de sugerencias para el lector y un amplio informe sobre el estado de la lectura— y en sus casetas se muestran el trabajo y dedicación del sector del libro en España. Como fotografía de la situación es impecable. Es la cita de los autores con sus lectores, de los libreros y editores con sus clientes, de los ciudadanos con el libro en el jardín, en la calle, en un ambiente de tertulia y conversación. Por eso es la mayor fiesta del libro, porque la participación ciudadana crece cada año y crece a su aire. Cada uno mira, habla, hojea, lee y compra —si puede— lo que la enorme diversidad de títulos le presenta a los ojos. En la edición de este año 2001 se han introducido notables y valiosos —y sensatos— cambios destinados a beneficiar y  fomentar aún más el viaje a través de los libros y no la competición deportiva; se ha racionalizado la disposición de las casetas; se han consolidado las actividades culturales, que deberían ser más —a semejanza de otras Ferias, como la de Buenos Aires, por no salir del ámbito en español—, y ha coincidido con la Capitalidad Mundial del Libro —de la que amplios sectores de la sociedad esperan un sólido programa de actividades hasta el final de año—; hecho de proyección internacional que dice mucho a favor del momento, sin duda, especialmente intenso que vive la lengua española en todo el mundo. Nunca, a pesar del habitual victimismo, el libro había estado tan presente en la vida cotidiana de tantos ciudadanos españoles. Ocurre que, con buen criterio, los organizadores han estado atentos a los cambios operados en los hábitos culturales y en la dirección que apuntan ciertas tendencias hacia una mayor exigencia crítica, y en una posterior edición, el libro deberá abrirse a las nuevas prácticas de lectura y a las maneras y tipos de un nuevo lector. Sin apocalípticas proclamas, sino con sensatez y sensibilidad. Feliz Feria.