Federico, símbolo de reconciliación

IAN GIBSON
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Escribo en vísperas de la firma del convenio que regirá la apertura de la fosa donde creemos que yacen los restos de Federico García Lorca, el maestro republicano Dióscoro Galindo Gónzalez y los banderilleros y militantes anarquistas Francisco Galadí Melgar (el Colores) y Joaquín Arcollas Cabezas (Magarza). Por primera vez desde el verano de 1936 se va a poder averiguar, con todas las garantías de la ciencia, si Manuel Castilla Blanco estuvo en lo cierto al señalar aquel «rodal» del término municipal de Alfacar, cerca de Fuente Grande, como el lugar donde se vio obligado a enterrar a las víctimas.

El momento es de máxima emoción, en España y alrededor del mundo. Me siento muy afectado.

Pero quedan dudas. ¿Nos van a decir las autoridades andaluzas qué, precisamente, contiene la fosa? Sobre todo, ¿colaborarán los herederos de Lorca en la identificación de los restos del poeta, si el sitio resulta cierto, rectificando así su negativa inicial, reafirmada con frecuencia?

Han dicho, a última hora, que se reservan el derecho de hacerlo, enterados, al parecer, de la posibilidad de que, si no, los restos podrían ser trasladados al camposanto de Alfacar en vez de quedarse para siempre en el lugar del crimen, como ellos prefieren. Su propuesta de que se califique como cementerio toda la zona, incluido, por supuesto, el barranco de Víznar, es asumible, y tal vez se tendrá en cuenta: así se garantizaría que estuviera al abrigo para siempre de salvajadas como la cometida hace algunos años por el ayuntamiento socialista de Alfacar (aquel vergonzoso proyecto de campo de fútbol ubicado no lejos de las fosas y suprimido fulminantemente, en plena ejecución, por la Junta de Andalucía).

Es difícil entender, de todas maneras, que los familiares del poeta no hayan sido los primeros en querer localizarle. Que no hayan aceptado ser adalides del movimiento para la recuperación de la memoria, dado el hecho de ser el autor de «La casa de Bernarda Alba» el desaparecido más célebre, y quizás más llorado, de la fratricida contienda.

Los que nos sentimos en profunda deuda con Lorca, el hombre y su obra, queremos, necesitamos, saber dónde yacen, exactamente, sus mortales despojos. Si queda en la fosa alguna prenda, alguna hebilla, algún medallón, algún trozo de zapato. Queremos saber si lo torturaron, si le reventaron el cráneo con la culata de un fusil, como se ha alegado. Defraudarnos a estas alturas, escamotearnos la verdad, no decirnos, como mínimo, si está o no está, sería de una crueldad indecible. Y una grave descortesía hacia la memoria de Manuel Castilla Blanco, clave de toda la investigación posterior, que tuvo la valentía, bajo la dictadura, de llevarnos a Agustín Penón, y luego a mí, al lugar del sacrificio, arriesgando con ello su seguridad personal.

Para que España avance con fe hacia el futuro es imprescindible, a mi entender, resolver la situación de los más de cien mil asesinados por el franquismo que, tirados en cunetas y fosas comunes, esperan todavía, tantas décadas después, un entierro digno. Para que esto ocurra incumbe pedirle magnanimidad a la derecha democrática actual. Los vencedores dispusieron de cuarenta años para exhumar a los suyos, y lo hicieron a rajatabla. Las familias de los perdedores deben tener ahora el mismo derecho, tan largamente postergado. No se trata de sembrar cizaña sino de curar,en lo posible, las heridas que quedan.

Espero que así se vaya entendiendo. Y que, muy pronto, Federico García Lorca pueda ser símbolo, no sólo del dolor de su pueblo, sino de una auténtica reconciliación nacional. Creo, sinceramente, que éste sería su deseo.

Historiador