Una fecha histórica

Por ALFONSO USSÍA
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EL presidente del Gobierno, Adolfo Suárez, ha fijado la fecha para las primeras elecciones generales de la naciente democracia. Don Juan considera que ha llegado el momento de la renuncia, delicada figura que disfraza la realidad de la abdicación. No encuentra facilidades para ello ni en el Gobierno de la nación, ni en las instituciones, ni en un sector residual del régimen anterior que aún manda y opera en el entorno del Rey y ocupa importantes despachos de La Zarzuela. Don Juan confía plenamente en los planes de su hijo, el Rey, y desea transmitirle cuanto antes los derechos históricos de la Monarquía Española y la Jefatura de la Casa Real. Se topa con los primeros obstáculos. El Gobierno, todavía lastrado por el inmediato pasado, no quiere conceder a la renuncia de la legitimidad histórica de la Corona ni trascendencia ni solemnidad. Menos aún, significación. La todavía poderosa secuela franquista de La Zarzuela recela de una acción que considera innecesaria. Si Don Juan Carlos es el Rey por designación directa de Franco, los derechos históricos nada aportan ni importan a la Corona. El Rey se mueve con prudencia, Don Juan con decisión y los entornos de ambos, con distancia.

Superados los iniciales desacuerdos -se llega a estimar conveniente por determinado negociador del Gobierno que Don Juan debe renunciar también al uso del título soberano de Conde de Barcelona-, principian las ausencias de generosidad. Don Juan propone transmitir su herencia histórica al Rey sobre la cubierta de un buque de guerra de la Armada -preferentemente el «Dédalo»-, ante el féretro de Don Alfonso XIII y en aguas de Cartagena. No se contempla la petición. Su segunda opción, hacerlo en el Salón del Trono del Palacio Real de Madrid, tampoco es aceptada. Un grupo de dirigentes políticos de diferentes ideologías, encabezados por Enrique Tierno Galván, Joaquín Satrústegui, Antonio Fontán y Fernando Álvarez de Miranda, sugieren el hemiciclo de las todavía «Cortes Españolas» para conceder al acto un sentido más popular y representativo. El hecho de la convocatoria de las elecciones nubla el buen fin de la propuesta. El Gobierno, con su presidente a la cabeza -Adolfo Suárez, años más tarde, reconocería a Don Juan todo el valor que en aquellos días le regateó-, busca una solución de semi-clandestinidad para cumplir el trámite. Un acto cuya trascendencia no exceda más de lo estrictamente necesario de la intimidad familiar. Don Juan, hastiado de zancadillas e incomprensiones, da el visto bueno al programa gubernativo. Se establece la fecha del 14 de mayo, y el lugar, el Palacio de La Zarzuela. Al acto asistirá la Familia Real, algún representante institucional, y determinadas personas allegadas al Conde de Barcelona y leales a la Corona desterrada durante los cuarenta años del exilio. También, por supuesto, los principales colaboradores del Rey. Como representante del Gobierno, el ministro de Justicia, que hará las veces de Notario Mayor del Reino. «Ha faltado muy poco para que Vuestra Majestad renuncie en un comedor privado de Jockey», le comenta a Don Juan un amigo; «Mejor así -remacha el Conde de Barcelona-, porque de organizarse en Jockey me obligan encima a pagar la factura». Y Don Juan, dominada la amargura irónica, ríe abiertamente, con su golpe de carcajada bronco y contagioso.

En la mañana del 14 de mayo de 1977, en una estancia de La Zarzuela, ante Doña María y con su ayuda de cámara Jesús Velasco como único testigo, Don Juan lee en voz alta el texto de la renuncia. La emoción le impide terminar la lectura. Lo intenta por segunda vez, y el resultado es aceptable. Una tercera lectura le ofrece la seguridad. -Ya estoy preparado-, dice. A pesar de ello, en varias ocasiones le temblaría la voz y le asaltaría la emoción durante la renuncia. Pero llenó el salón de audiencias de La Zarzuela con su grandeza, que culminó con su gesto de respeto al Rey mientras pronunciaba sus «por España, todo por España. ¡Viva España! ¡Viva el Rey!».

Los que consideraban innecesaria la transmisión de los derechos legítimos e históricos de la Corona y de la Jefatura de la Casa Real Española, ignoraban que en aquel momento, en el Rey se depositaban todos los derechos históricos de la Monarquía española, sus títulos y privilegios, excepto el de Conde de Barcelona, que solicitó guardar para sí mientras viviera, lo que aceptaría el Rey en su alocución posterior explícitamente. Títulos, algunos, meramente simbólicos y testigos de la Historia, y otros, síntesis de la unión y hermandad de los territorios de España. Porque los partidarios del «atado y bien atado» de tan frágiles ataduras, no supieron ver que la abdicación de aquel Rey no reinante, de aquel Rey que había cumplido durante cuarenta años con todos los deberes sin disfrutar jamás de uno solo de sus derechos, lo que le cedía a su hijo era sencilla y llanamente, la Historia. Ya era el Rey de España, como siempre había sido, el de Castilla, de León, de Aragón, de las Dos Sicilias, de Jerusalén, de Navarra, de Granada, de Toledo, de Valencia, de Galicia, de Mallorca, de Menorca, de Sevilla, de Cerdeña, de Córdoba, de Córcega, de Murcia, de Jaén, de los Algarves, de Algeciras, de Gibraltar, de las Islas Canarias, de las Islas Orientales y Occidentales, de las Indias y del Continente Oceánico, Archiduque de Austria, Duque de Borgoña, de Brabante, de Milán, de Atenas y de Neopatria, Conde de Habsburgo, de Flandes, del Tirol, del Rosellón y de Barcelona, y Señor de Vizcaya y de Molina. Eso sí que era atar y bien atar la Historia de España, y eso es lo que se hacía en aquellos momentos impregnados de emoción, patriotismo, generosidad y entrega. Se equivocaron los que pretendían reducir la significación del acto. Aquello tuvo una grandeza estallante. Don Juan agigantó el lugar, el sitio y el paisaje.

Lo vi por la tarde. Se sentía orgulloso y liberado de peso. Recurría una y otra vez a la absoluta confianza que tenía en el Rey. Reconoció que durante las palabras de su hijo, apenas veía nada de lo que le rodeaba y que las figuras de los presentes las adivinaba entre sombras húmedas. Un marino, que ha sido Rey, jamás reconoce que ha luchado con las lágrimas. Y no le faltó su interpretación bienhumorada de la actitud de algunos de los invitados. «Había tres que todavía me miraban como si yo fuera el enemigo».

Unos días más tarde, Don Juan reunió en el Soto de Algete, del duque de Alburquerque, Jefe de su Casa, a sus más inmediatos y contumaces leales, a los que pertenecían a su Casa. Asistieron los Reyes. Ante ellos, Don Juan ordenó a los suyos que fueran con el Rey tan leales como habían sido con su persona y lo que ella significaba. Dio por zanjado el pleito de las lealtades. El Rey sólo era uno.

Veinticinco años han transcurrido desde aquel día, y nueve de su fallecimiento. La grandeza que no supo reconocerle la torpeza política, se la devolvió el Rey cuando se produjo su muerte. Ahora descansa Don Juan, Conde de Barcelona, Juan III durante los años lejanos del exilio, en el Pudridero del Real Monasterio del Escorial, a la espera de ser depositado, para siempre, en el Panteón de los Reyes de España.