El farfollo y la nación india

TOMÁS CUESTA
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SI quedaban dudas sobre la verdadera utilidad del Senado, el esperpento de ayer confirma que la Cámara Alta se ha convertido en un pesebre con piscina y solarium, el club social donde deponen los múltiples virreyes, chulos de taifa y agregados que disponen de asiento, derecho o turno de réplica en la institución, tan remozada como obsoleta, inútil y prescindible en sus funciones. Pretendido parlamento de representación territorial adaptado a la España artificial, se abrió al presidente de la Generalitat catalana, quien se erigió en el «Sitting Bull» de la Nación India, el jefe nativo de una piel de toro a subasta entre navajos, pies negros, arapahoes y los últimos mohicanos. A todos ellos se dirigió Montilla y a cada uno en su lengua. Sólo le faltó tocarse con las plumas típicas de cada tribu: chapela, boina, barretina y el paraguas gallego. Cuando lo único que se pretende es no hacer el ridículo puede llegar a hacerse historia, pero cuando lo que se quiere es hacer historia, se acaba siempre por hacer el ridículo, que es lo que le pasó a Montilla, chapoteando en lenguas ininteligibles hasta para los traductores formados en las ikastolas, escolas y colegios de tres décadas de desastre educativo nacional. Lo de menos era el guión, una turbia y torpe maniobra para derribar el Tribunal Constitucional y aposentar el absurdo jurídico de que la soberanía nacional es divisible, que una parte puede decidir por el todo y que la nación es un conjunto de naciones cuyo pasado es una entelequia y cuyo futuro depende de los caudillos forales.

Más que por el gasto, que también, el entremés senatorial resulta ofensivo para el común por la obscenidad plástica con la que muestra el absurdo desempeño de tan ilustres señorías. La visita de Montilla, sus reuniones, la comparecencia de Leire Pajín, la número tres del PSOE, ahí es nada, cual ariete de la lógica filosófica a favor de la remoción del TC, y todo el ceremonial que implica abrir y cerrar el Senado, airear pasillos, disponer comedores, habilitar reservados y recomponer despachos es el reflejo leve y decorativo de una mar gruesa, de fondo, agravada por la crisis. Al margen de la sentencia del Estatut, éste se aplica con toda su crudeza y en toda su extensión, sin prevenciones que valgan, entre la anuencia de CiU y la pasividad del PP, con lo que los lamentos de Montilla deberían tener menos crédito que el propietario de un puesto de trile en las Ramblas. Es el victimismo de siempre, aunque el presidente de la Generalitat ni sepa a qué está jugando ni a quién beneficia, lo mismo que Pajín, cuyas extensiones, dicho sea de paso, llegan ya hasta la plaza de Sant Jaume.

Al ciudadano medio, al hombre atribulado, al tipo perplejo se le deben agitar las entrañas ante la contemplación de un sarao tan poco consistente a los efectos de capear el temporal. En medio de la tormenta, las disquisiciones sobre el encaje de Cataluña en España suenan a reflujo del esófago y no acrecientan la confianza ni del electorado, ni de los contribuyentes, ni de los mercados en la economía española. Todo lo contrario, el temor al colapso se torna certeza si quienes deberían empuñar las tijeras tocan el violín y se mantienen fieles a sus gustos de estadistas multilingües de amplio despliegue diplomático. Son las Autonosuyas. Don Antonio Ozores, que nos dejó hace unos pocos días, hizo del farfollo una lengua universal, un recurso humorístico que era una herramienta tan sutil como demoledora para la crítica política, una jerga surrealista incomprensible que remataba con un «he dicho» en medio de un rostro de solemnidad que le hizo inmortal. Antonio Ozores era un pedazo de actor y el humor es una cosa muy seria como para que la memez de ayer en el Senado merezca llamarse el día del farfollo, aunque eso pareciera, siendo benévolos, lo que hablaba Montilla en su alocución a las tribus. Más bien le cuadra lo de las flechas y las plumas. Jau, Montilla.