¿La familia: bien, gracias?

JORGE TRÍAS SAGNIER
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De repente, alguien descubre la pólvora y todos los periódicos se hacen eco de la gran noticia. El Centro Nacional de Estadísticas Sanitarias de los Estados Unidos ha hecho público un estudio sobre el matrimonio, y concluye que para que éste sea duradero se requieren los siguientes ingredientes básicos: esperar a casarse para vivir juntos, que exista un cierto nivel de compatibilidad y tener, por lo menos, un hijo. El 78% de las parejas que llegan al matrimonio en estas condiciones duran, por lo menos, cinco años juntos; mientras que sólo el 30% de las uniones de hecho superan la barrera del lustro. Esto lo viene diciendo la Iglesia Católica, con variable intensidad, desde hace dos mil años. Y en el judaísmo desde hace más de cuatro mil. Me refiero, pues, a matrimonios a cuya unión se llega hoy desde la libertad, y no a otros, como los islámicos, basados en la sumisión de la mujer, cuando no en su esclavitud.

Pero es bueno que, de vez en cuando, alguien nos descubra la pólvora o, al menos, nos recuerde, con base a encuestas y estadísticas, la evidencia. El estudio también tiene su cara triste: uno de cada cinco matrimonios acaba en divorcio a los cinco años, más o menos; y, de los que quedan, uno de cada tres no pasará la barrera de la década. Pero la vida es así. ¿Podemos hacer algo para que sea de otra manera? Probablemente, aunque para opinar de esto quizás yo no sea la persona más adecuada. Les remito a Jesús Higueras, o a cualquier persona que, desde el sentido común, pueda dar buenos consejos. Lo que parece claro es que el ejemplo de los padres es esencial para la futura vida de los hijos, de ahí la responsabilidad que contraemos cuando los tenemos. Una responsabilidad que, sin anularnos como personas, debería hacernos anteponer su educación a cualquier otra cosa.