La excepción Aguirre

GABRIEL ALBIAC
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La corrupción política es, en España, constituyente. Eso la diferencia de un simple cúmulo de delitos. No, no es delictiva, la política. Aun cuando tantas veces lo haya sido. Pero el delito puede perseguirse. Castigarse, incluso. A veces. La corrupción constituyente crea, por el contrario, norma. Y prolifera en ella. No existe modo legal de perseguirla; porque ella es ley; mejor: fundamento de ley. Y ese blindaje ha trocado a la clase política en otra cosa, que nuestra ingenuidad pensaba arcaica: una casta. Hermética, endógama, impermeable a las tormentas exteriores. Y frente a cuyos arrogantes privilegios, nada puede el ciudadano. Decir que eso pudre la democracia aquí, es decir muy poco.

La casta vive envuelta en sombras. Saber cómo se financia un partido, es abordar misterios más ominosos que los del atanor del alquimista. Entender la súbita opulencia de tantísimo alto cargo, es asomarse a un abismo. Lo mejor del tiempo de los representantes transcurre en blindar sus vidas y fortunas al ojo del despreciable representado. Del Presidente al cacique local de menos monta, todo político hace pucheros cuando evoca lo mal que lo están pasando sus pobrecitos electores. Y ni uno renuncia a un solo privilegio: ni a sueldos, ni a phantoms, ni a muchedumbres de escoltas, ni a viajes fastuosos, ni a dietas faraónicas, ni a colocación de prole. Tan imbéciles nos consideran, que ni llega a pasar por sus cabezas que puedan estar cabreándonos.

Aguirre es la excepción. Rebajar en un 2% el sueldo de su gobierno tiene el valor de un gesto. Crucial, porque certifica que alguien no está ciego. Que hay, al menos, un político que percibe el destrozo que de la democracia ha hecho el onanista autismo de la casta. Si a alguien le queda un átomo de inteligencia, apostará por ella. Sin más, porque no hay otro.