Los evangelios según Benedicto XVI

GabinoUríbarri, SJQUE todo un señor Papa publique un libro no deja de ser un

Gabino Uríbarri, SJ
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QUE todo un señor Papa publique un libro no deja de ser un acontecimiento con múltiples facetas: mediático, eclesial y comercial. En algo más de un mes se han vendido ya un millón y medio de ejemplares en todo el mundo. En este caso, además, el acontecimiento también posee un claro componente teológico, porque Benedicto XVI entra con decisión en la cuestión teológica más debatida de los últimos doscientos años, con un libro muy madurado y sin presentarlo como una acción magisterial. Se trata de un libro sobre Jesús, ciertamente piadoso y, en el mejor sentido del término, edificante, que se lee con gusto y con ganancia; pero también de un libro en el que se toma postura sin remilgos ante el factor fundamental que condiciona todo el quehacer teológico posterior: ¿qué tipo de libro son los evangelios?, ¿cuál es su contenido fundamental? Y, como consecuencia de todo ello, ¿cuál es el modo correcto y apropiado de leer e interpretar los evangelios?

La cuestión de fondo es sencilla y de mucho calibre: ¿les transmitió Jesús directamente a los discípulos el misterio último de su persona, es decir, que él es el Hijo de Dios, o no? A lo largo de estos doscientos últimos años ha habido autores de talla y una fuerte corriente que ha considerado que no fue así. Jesús les habría hablado a los discípulos de muchas cosas interesantes: de la venida del Reino de Dios, explicado en las parábolas; del modo cómo habría que observar los preceptos de la Ley, incluido el sábado; de que Dios es Padre y que para dirigirnos a Dios le podemos invocar diciendo «Padre» y otra serie de aspectos bien interesantes e incluso novedosos con respecto al judaísmo de su época. Sin embargo, el desvelamiento de que Jesús es el Hijo de Dios, de que la raíz última de la persona de Jesús radica precisamente en su «ser Hijo» no habría sido algo que Jesús hubiese transmitido con claridad meridiana a sus discípulos.

Este aspecto del «ser Hijo» de Jesús es fundamental para la fe cristiana, pues siendo Jesús el Hijo de Dios o, más precisamente, el Hijo, queda claro que Dios es su Padre, que Jesús procede de Dios y que es Dios, que es la segunda persona de la Trinidad que se ha hecho carne, se ha encarnado. Es decir, en el caso de Jesús el ser Hijo va más allá de expresar una relación privilegiada con Dios: más cercana, más íntima, más constante, más iluminadora que la de otras personas, como pudiera ser un gran profeta. Expresa la realidad última de su persona, su razón de ser y la fuente de donde brota su mensaje y acredita su verdad última: Jesús nos transmite el auténtico rostro del Dios vivo y verdadero porque procede radicalmente de este mismo Dios.

Si Jesús no hubiera comunicado claramente esta realidad a sus discípulos, entonces la creencia cristiana fundamental que afirma que Jesús es el Hijo de Dios no poseería un fundamento sólido y firme en el mismo Jesús. Si somos más pesimistas, podríamos especular que incluso Jesús mismo no lo trasmitió de un modo claro a los discípulos porque ni siquiera él mismo era consciente de que era el Hijo de Dios. Si esto hubiera sido así, entonces la fe cristiana quedaría en una situación azarosa y más bien ridícula, como ya advirtió Gregorio Nacianceno: si alguno pusiera su esperanza en alguien ignorante, sería verdaderamente necio e indigno de recibir la salvación (ep. ad Cledonium 101,32).

Si somos más optimistas podemos pensar que Jesús habría intuido difusamente algo singular en su persona, que le llevó a ponerse en camino para anunciar el advenimiento inminente del reino de Dios y manifestar con claridad que Dios es Padre. Ahora bien, solamente en un segundo momento, reflexionando sobre la persona de Jesús, su vida, su mensaje, su muerte y la sorpresa inaudita de su resurrección, la primitiva comunidad cristiana, a lo largo de un tortuoso proceso, bajo la asistencia del Espíritu Santo, habría llegado a la convicción de que Jesús es en verdad el Hijo de Dios. En este segundo caso la fe cristiana queda en una posición mejor, a pesar de que últimamente es la experiencia y la reflexión de la primitiva comunidad la que fundamenta la fe y da lugar a la misma, no el propio Jesús de un modo directo. Sería cierta, de algún modo, la famosa tesis de Nietzsche y de otros: no Jesús mismo, sino Pablo de Tarso habría sido el auténtico fundador del cristianismo.

Todo esto nos lleva, siguiendo el hilo de fondo del libro de Benedicto XVI, a una serie de preguntas para ver si la fe cristiana posee o no una consistencia firme. Primero, si según la fe cristiana el núcleo último que explica el ser mismo de Jesús es su ser Hijo, ¿dónde se manifiesta esta realidad con mayor claridad? Y, segundo, ¿pudieron los discípulos tener acceso a esta realidad? Respecto a lo primero, en opinión de Benedicto XVI precisamente en la oración de Jesús se hace más diáfano su ser Hijo, puesto que en la oración Jesús se dirige a Dios con la cercanía y la intimidad de quien se relaciona directamente, de tú a tú, con Dios. Que esto era así, además, aparece reflejado en las escenas de oración de los evangelios.

La segunda cuestión está ya respondida: en su relación con los discípulos Jesús les abrió la puerta de acceso a su intimidad orante con el Padre, por ello pudieron captar con toda contundencia, admiración y asombro que Jesús es el Hijo, porque Jesús les hizo partícipes de su relación con el Padre. Evidentemente, bajo la asistencia del Espíritu la primitiva comunidad maduró y profundizó en el significado y el alcance de lo que esto significaba, pero no fue ella quien elucidó la filiación divina de Jesús, sino que recibió este aspecto como dato central del mismo Jesús.

Los evangelios contienen el relato y la experiencia de aquello que el mismo Jesús transmitió directamente a los discípulos: que él es el Hijo de Dios. Ése es su contenido fundamental. Por lo tanto para entender su contenido el requisito básico es situarse en la misma onda que los primeros discípulos: comprender que todo en Jesús brota de su relación íntima con el Padre. Una comprensión que es cabalmente posible porque gracias al Espíritu nosotros participamos de la relación que Jesús tenía con Dios: «Y, como sois hijos, Dios envió a nuestros corazones el Espíritu de su Hijo que clama: ¡Abbá, Padre!» (Gal 4,6). Como conclusión final: los evangelios son un libro escrito desde la fe, que sólo se entiende bien desde la fe, porque reflejan lo que brota de la oración de Jesús, de su conversación tú a tú con el Padre, de su ser Hijo. En qué rasgos se condensa y refleja el ser Hijo de Jesús se explaya a lo largo de las páginas del libro del Papa. Esta aportación quisiera ser simplemente una invitación a su lectura y una clave de fondo para la misma.

Director de

Teología.

Universidad

Pontificia

Comillas