Isabel San Sebastián

Estragos del relativismo

No hay debate que arregle el augedel populismo ni campaña del miedo capaz de conjurar su peligro

Isabel San Sebastián
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Si algo demuestra la última encuesta del CIS, por muy «cocinada» que pueda estar, es el daño estructural, tal vez irreparable, que ha causado el relativismo al sistema político español. Cuando todas las ideologías se consideran respetables, todas las creencias homologables, todos los valores equivalentes y todos los principios supeditables al propósito de conseguir o conservar el poder, se crea el caldo de cultivo perfecto para que florezca un populismo semejante a la mala hierba, prácticamente imposible de erradicar: a problemas complejos, soluciones fáciles, envueltas en demagogia adornada de consignas cursis plasmada en catálogos pensados para el gran público. Propaganda bien elaborada. Esto es, Unidos Podemos, cabalgando su dragón totalitario disfrazado de unicornio. ¿Cómo combatir ese reclamo? Los dos partidos responsables de llevar a cabo la tarea llevan lustros haciendo justo lo contrario al destruir los anticuerpos llamados a plantar cara. Ahora es demasiado tarde. No hay debate que lo arregle ni campaña del miedo capaz de conjurar el peligro.

Primero fue Zapatero, azote de la Nación y flagelo del PSOE. Llegó a la Presidencia por una mezcla de suerte, azar y barbarie terrorista, armado de un feroz afán revanchista revestido de «talante». Liquidó implacablemente los consensos de la Transición, desde la reconciliación de los bandos enfrentados en la Guerra Civil hasta el aborto regulado mediante una ley de supuestos, pasando por la determinación de no ceder ante ETA. Su desastrosa gestión económica causó un agujero en las arcas públicas que a poco nos lleva al rescate. Pero lo peor, lo más grave, fue su traición a la unidad de criterio y acción que había mantenido hasta entonces el socialismo en España, al permitir un discurso distinto y hasta contradictorio en cada comunidad autónoma. Una traición revalidada por Pedro Sánchez tras las últimas elecciones municipales y autonómicas, que los del puño y la rosa van a pagar muy caro en Cataluña, Valencia, Baleares, Galicia, País Vasco y por supuesto Madrid, donde esas vilezas no se perdonan.

Fue aupado hasta la Moncloa Rajoy, paladín del PP y esperanza de la gente sensata, con una holgada mayoría absoluta y el mandato de enmendar los destrozos de su predecesor. ¿Qué hizo el elegido con sus 186 diputados? Sangrar a impuestos a la clase media a fin de tapar el boquete, en lugar de podar a conciencia el gasto de una burocracia elefantiásica. Recortar servicios sociales y utilizar la Agencia Tributaria como órgano inquisitorial, martillo de pequeños herejes, mientras iba saliendo a la luz la verdad de una corrupción sistémica, de cuantía obscena, extendida a todas las fuerzas políticas con mando en plaza y todas las esferas de la vida pública. Cumplir escrupulosamente la hoja de ruta pactada con ETA, la Ley de Memoria Histórica y la que considera el aborto un derecho de la mujer, dando por bueno el legado heredado de ZP. Sobornar al separatismo catalán financiando sus desafíos rupturistas con el dinero de todos. Ignorar, cuando no zaherir, el mundo de la Educación y la Cultura. Desvirtuar uno a uno los postulados ideológicos propios del centro-derecha, validando de ese modo los de la izquierda sectaria.

Cuando la palabra pierde su valor para convertirse en papel mojado. Cuando Maquiavelo impone sus dogmas y el fin de lograr el poder justifica cualquier medio, gana quien muestra menos escrúpulos, miente mejor, maneja con más habilidad las herramientas del marketing político y posee mayores dotes para la interpretación. Se llama Pablo Iglesias, él sí cree en lo que hace y está a punto de asaltar nuestro cielo.

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