Estados Unidos y Europa se alejan

Por DARÍO VALCÁRCEL
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La administración Bush tiende a separarse de la Unión Europea. Los vínculos transatlánticos -culturales y económicos- son fortísimos. Pero la tendencia está ahí. La falta de espacio en los periódicos produce una sobreabundancia de lugares comunes que lapidan al lector. Michel Jobert, analista francés, muerto súbitamente el domingo en París, hemorragia cerebral, no era sólo un relevante ex ministro de Relaciones Exteriores sino que era grande también porque huía de los tópicos. En el correo semanal que escribía para sus amigos Jobert escapaba una vez más, la última, de lo consabido. Desde el 11-S, explicaba, Estados Unidos ha comprobado, con angustia, cómo su vulnerabilidad, desconocida hasta entonces, le coloca en un plano de paridad con los europeos. América no quiere confrontaciones con el mundo exterior pero el mundo la obliga a ellas: América ha de entrar a la fuerza, ha de aceptar quiera o no su cuota en la incertidumbre común. Es una tragedia nacional, a la que hace frente la administración Bush con más pena que gloria. Hombres capaces, Colin Powell, Robert Zoellick, dudan, en medio de la división del equipo.

Pero hay otra interpretación, divergente: Robert Kagan, de la Fundación Carnegie, sostiene que la Unión Europea se empeña en defender un mundo de leyes y reglas que trata de avanzar kantianamente hacia la paz perpetua. Estados Unidos, sacudido por el 11-S, despierta a la dura realidad, un mundo hobbesiano en el que la gran nación desconfía de las reglas. William Pfaff, el gran columnista americano, remata con amarga ironía: el planeta va a ser manejado, en última instancia, por una enorme y engrasada máquina militar; cinco mil años de civilización desembocan, ay, en un mundo regido por la intimidación y la fuerza.

La defensa de las normas, la esperanza en el derecho, alejan a la administración Bush de la UE. El recuerdo de Auschwitz sigue pesando en la conciencia de los europeos. Entre tanto, América opta por mantenerse como gran potencia militar. ¿Es esta una interpretación demasiado pesimista de la naturaleza humana? ¿Contamina las relaciones internacionales frente a una Europa que quiere seguir representando el juego del derecho? Los europeos, después de su terrible pasado, han preferido ese extraño regreso a las reglas, entendidas como rechazo de la fuerza, como normas de conducta autoimpuestas, para decirlo con palabras del británico Robert Cooper. Kagan ironiza ante el milagro europeo, ante la mission civilisatrice. Las victorias de América a lo largo del último medio siglo, dice, no han venido del derecho sino de la fuerza: una mezcla de astucia, coraje, engaño y dinero. La actual administración no se avergüenza de emplear la fuerza. Desde hace cien años, los evangelistas más reaccionarios nunca han tenido tanto poder como en la administración actual.

Europa se va formando en medio de prudentes y silenciosos avances. Es como si para purgar siglos de guerras civiles y décadas de moderna crueldad, la Unión Europea hubiera optado por convertirse en un extraño misionero laico, desencantado, humillado, pero decidido a defender, con el espíritu de los nórdicos, a los pobres del mundo. Europa ha logrado ser una formidable máquina económica y ahora decide poner en marcha una pequeña y sofisticada máquina militar para dirimir conflictos... cuando le deje intervenir Estados Unidos. Todo esto no es un juego de palabras. Ya sabemos que nadie jugará aquí a la protesta no violenta. Nadie reencarnará, a la europea, el mundo del mahatma Gandhi. Pero el derecho no ha perdido todas sus bazas en esta confrontación. La proposición de Robert Kagan puede errar. La administración Bush, ella sola, no es América. Tal era el sentido de la carta, esta vez última, de Michel Jobert.