ESTADO TOP MODEL

Por Jaime CAMPMANY/
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TODOS los modistas políticos están buscándole traje al Estado para dejárnoslo como una top model. La Constitución de 1978 le hizo un vestido autonómico a medio camino entre el centralismo riguroso y el federalismo solidario, con algunos jaretones un tanto desiguales, alguna jareta más ancha o de color más fuerte. Las exigencias de vascos y catalanes durante el período constituyente le amargaron la vida a Adolfo Suárez, pero al final, entre los platos de angulas que se zamparon Fernando Abril Martorell y Alfonso Guerra, y las pacientes concesiones a los vascos, siempre pedigüeños y rebeldes, se encontró una componenda que resultó aceptable con algunos retoques. Y esa componenda ha llegado hasta nuestros días, veinticinco años más tarde.

Ahora, hasta los socialistas pretenden cambiarle el traje constitucional a esa maniquí de alto nivel que es el Estado. Mariano Rajoy ha tenido que preguntar a Zapatero cuál es el modelo de Estado que pretende el PSOE. Y Pepiño Blanco, tan ingenioso, responde por Bambi que «el modelo que quieren los socialistas es el de la Constitución». Pues entonces, ¿por qué pretende cambiarla? Algunos quieren cambiar el tamaño de las jaretas, o enriquecer el color de las gayaduras, o ampliar la falda de las competencias o tener un modelito exclusivo que no coincida con ningún otro en los saraos institucionales. Los vascos, por ejemplo, quieren tener un modelo para ellos solos, vestido por ellos solos y cortado, plegado y cosido por ellos solos. Lo malo de los vascos es que no se ponen de acuerdo entre ellos para saber lo que piden y cómo lo piden. Lo único que sabemos es que unos quieren agitar el árbol y otros quieren recoger las nueces, aunque éstos condenen a los que agitan cuando en vez de nueces caen cabezas.

Y ahora, se arranca con fuerza Cataluña para pedir también que le hagan un traje al Estado a medida de sus deseos de preeminencia y privilegio. Nada de café para todos. Me parece que fue Ortega el autor de la idea de que con café para todos desaparecerían las veleidades nacionalistas y separatistas, pero eso no salió del todo bien, porque ha supuesto que Vasconia y Cataluña siempre quieran más y más y mucho más. A facilitar ese exagerado encampanamiento comunitario de Cataluña han sobrevenido dos sucesos políticos muy significativos, que si no se tienen en consideración terminaremos por no entender nada de lo que pasa aquí.

Uno, que el gobierno socialista de Maragall en la Generalitat depende de los votos de Esquerra Republicana y de los comunistas, y eso condiciona visiblemente la posición política del socialismo catalán, que siempre estuvo enfrentado al nacionalismo mayoritario. Otro, que esos mismos socorros parlamentarios son los que sostienen en España al Gobierno de los socialistas de Zapatero, y se produce un doble efecto. Carod-Rovira y sus delirantes compañeros de partido presionan sobre Maragall para alcanzar lo inalcanzable. Y Maragall forcejea con Zapatero para arrancarle concesiones que el socialismo, hasta ahora, consideraba «innegociables». Y entretanto, el futuro modelo de Estado, el Estado top model, hecho un adefesio.