La Tercera

España en el podio

«Cualquiera que viaje por España o lo haga por el extranjero y al regresar compare, verá que aunque no vivimos en Jauja -ningún país lo es-, lo hacemos en un lugar que merece la pena. Y es que un grave problema es la representación mental que tenemos de nosotros mismos. Adolecemos de autoestima colectiva, somos el reverso del chauvinismo francés»

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Mi magdalena proustiana es el olor a césped recién cortado. Durante mi infancia veraneábamos en los apartamentos del Puente de la Sierra, un vergel cercano a mi ciudad donde, tras bañarme en la piscina, me gustaba revolcarme en el verdor de la hierba mientras, de fondo, oía el rítmico peloteo de la pista de tenis en la que los mayores, vestidos de riguroso blanco, jugaban hasta la noche. Crecí admirando en la tele a Orantes, al elegante Bjon Borg y al enrabietado John McEnroe, y practiqué ese deporte hasta la juventud. Por eso, como tantísimos españoles, compartí la emoción de ver a Rafael Nadal ganar de nuevo Roland Garros. Una docena de torneos van ya, como si el mallorquín los