España, o la democracia faisanada

IGNACIO RUIZ QUINTANO
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HUBO un tiempo, allá en Inglaterra, en que los filósofos del lenguaje se preocuparon por el sentido de la democracia. La palabra «democracia», decían, significa lo que decidimos que signifique y es muy saludable no escuchar la retórica sobre la democracia, sino contemplar los hechos.

Así, con el fin de socavar las bases de los políticos que dicen que la democracia requiere esto y aquello, discutieron y publicaron más de trescientas definiciones de democracia. En ninguna de ellas cabe la española, que, con Garzón de estrella de la Justicia y Rubalcaba de jefe de la Policía, pertenece al mundo de don Ramón María del Valle-Inclán, pero, en pleno pancismo democrático, ¿dónde hay hoy un hombre como ése?

Enumerados por Ruano, he aquí los compromisos de Valle: frente a la monarquía alfonsina, carlista; frente a la greña jacobina, aristócrata; frente a la obsesión liberal y atea de la «cacharrería» del Ateneo, católico; contra la tiranía subalterna del espadón de Primo, republicano; y contra el Gobierno de la República, que cultiva un impunismo que suspende los diarios que se atreven -los que atacan desde un lado, que los otros tienen patente de corso- contra el Gobierno de la República, don Ramón es... conservador.

-Conservador y general. Conservador general del tesoro artístico de la nación.

Nuestra democracia viene de ser bendecida por la justicia poética -la única que funciona- con la palabra «Faisán», que da nombre a un caso de corrupción superlativa (esto es, superior al Gal y al Gürtel): chivatazo policial a los terroristas del bar «Faisán» para que escapen, a partir de lo cual tampoco hay que ser Nietzsche para darse cuenta de que todo está permitido, pues, como ocurre con el pecado, lo que aleja de la democracia no es el delito, sino el empeño en disculparlo.

¡Ah, el faisán! «En el cristal de inquieta gelatina,/ navegando un faisán tiende el plumaje,/ y en el velo de luz de su ropaje/ el iris tiembla como red divina.» Por la textura del muslo, el buen «gourmet» sabe de qué lado dormía el faisán. «Y en honor de la víctima inmolada,/ en la atmósfera espléndida y dorada/ ¡lanza el Champán sus cañonazos de oro!»

Camba describió risueñamente cómo los chinos van ganando honores a medida que van «faisaneándose», y mientras no alcanzan un cierto grado de putrefacción no obtienen el menor respeto de sus compatriotas. Su cocina, en fin, es un punto de equilibrio entre los venenos y los contravenenos, entre los tóxicos sutiles y las drogas neutralizadoras. Como la democracia faisanada que nos vende ese Fouché de chino de la esquina -antiguo Todo a Cien- que es Rubalcaba, el que «pone» a Maribel Verdú, y no por rico, sino por policía, pues los jefes de la policía -¿más justicia poética?- fascinan a los cómicos. Fouché «ponía» a Collot d´Herbois, que, víctima de una rechifla teatral en Lyon, sería el encargado de «castigar» a la desdichada ciudad con una «matanza humanitaria».

-El ministro de policía -dirá Talleyrand mirando a Fouché- es un hombre que se ocupa, en primera línea, de todos los asuntos que le importan, y en segundo lugar, de todos los que no le importan.

Y en ésas estamos. Por Dragó sabemos que hasta para pescar cangrejos hay que colocar en el retel una copia del carné de identidad. Y por las calles de Madrid marcharán hoy los pocos que se resisten a que, en el corazón de la gran cultura occidental, los hombres hagan guantes de piel humana, como vaticinara Karl Kraus para estremecimiento de Steiner. No por nada, y a excepción de la del «pleno empleo», el zapaterismo rampante ha hecho suyas las conquistas nazis -aborto, eutanasia, cristofobia...- que en su día avergonzaron incluso a Largo Caballero.