La España fétida

M. MARTÍN FERRAND
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SI, como Shakespeare nos previno en su Hamlet, algo huele a podrido en Dinamarca, imaginen ustedes lo hediondos que resultan los vapores que emana nuestra vida pública. Según Transparency International, en su Informe Global sobre la Corrupción en 2008, Dinamarca es el país más limpio y transparente del mundo. Los ciudadanos lo perciben, con un índice de 9´3, como el de mayor rigor y honradez entre todos los Estados del mundo. España aparece en esas tablas de la vergüenza y el escarnio en el puesto 28, después de todas las grandes naciones europeas, con un índice de 6´5. Nos sirven de consuelo, entre los 180 países que incluye el estudio, Birmania, Irak y Somalia, el súmmum del detritus cósmico.

Del mismo modo que, para los clásicos, cada día llevaba consigo un nuevo afán, en la España contemporánea lo que aporta cada jornada es un nuevo caso de corrupción. Sin diferencias entre los colores de los partidos presentes, todas las formaciones que tocan poder y tienen acceso al Presupuesto se pringan en el choriceo más ignominioso. Sobre una hipotética mayoría de políticos honrados, destacan los golfos que se suceden en el estrellato nacional de las más abominables prácticas políticas. En las últimas horas, los focos apuntan a Cataluña -la patria del 3 por ciento- en donde los veteranos y puyolistas Lluis Prenafeta y Marcià Alavedra vuelven por donde solían y lo hacen en lote con media docena de notables del PSC, en Santa Coloma de Gramanet, el feudo de José Montilla.

Ese es el fracaso de nuestra democracia que ya exige una revisión, incluso constitucional, que permita una mayor responsabilidad a partir de un sistema electoral en el que las personas sustituyan a los lotes. Si dañina es la vigente corrupción económica -todo por la pasta- más repugnante resulta la ideológica, la que se sustenta en el odio a España sobre imaginativos supuestos separatistas. La que permite a personajes como Xavier Arzalluz valorar como «buen patriota» a un ser tan abyecto como Arnaldo Otegi. El dinero, quizá, puede recuperarse e, incluso, difuminarse en el tiempo y en el olvido; pero el divorcio con la razón y las normas éticas más elementales, no tiene cura posible. Arzalluz pide respeto para los asesinos etarras y, al hacerlo, falta al que nos debe a los demás y, especialmente, a las víctimas asesinadas por esos «patriotas». Es la más infame y fétida de las corrupciones.