España, en el esplendor y el ocaso de la Argentina

Por JOSÉ IGNACIO GARCÍA HAMILTON. Escritor
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DE un modo u otro, España ha estado presente en el nacimiento, el esplendor y la decadencia argentina. Durante los tres siglos de régimen colonial, rigió en las Indias el sistema de encomiendas, mediante el cual un grupo de aborígenes era entregado a un conquistador hispánico: este podía hacerlos trabajar en su beneficio y, a cambio, debía evangelizarlos. Los naturales solían rechazar las labores, por ser forzosas; mientras que los encomenderos se acostumbraban al ocio. En ese período, el actual territorio argentino fue la zona más pobre, despoblada y alejada de los centros de poder del imperio español.

El período de la emancipación, iniciado en 1810, intentó construir una sociedad republicana, laica y abierta, pero la guerra con las fuerzas peninsulares generó aislamiento, fragmentación, declinación mercantil, saqueos y confiscaciones. La posterior etapa del caudillismo, protagonizada por oficiales de las luchas independentistas, significó la vigencia de un orden político basado en la fuerza de los ejércitos, a los que se pagaba con el derecho al salteamiento.

Los cambios fundamentales se produjeron, en la Argentina, luego del derrocamiento de la dictadura de Juan Manuel de Rosas, con la sanción de la Constitución Nacional de 1853: el absolutismo político dio lugar a la división de poderes; la religión única a la libertad de cultos; el estatismo económico a la iniciativa individual y la propiedad privada; los privilegios estamentales a la igualdad; y la cultura del incumplimiento de la ley a la vigencia de la juridicidad. ¿Todos los males coloniales procedían de la península? No parece ser el caso del absolutismo y el rasgo de incumplir las normas, ya que los Reyes Católicos tenían límites (cortes y señores feudales) y los fueros españoles solían dar valor jurídico a costumbres que ya se aplicaban. Ciertas instituciones españolas, trasladadas a las Indias, habían originado sus propios vicios.

El inspirador de la Constitución argentina, Juan Bautista Alberdi, propuso terminar con el antiguo odio al extranjero heredado de la madre patria (desde el segundo viaje de Colón, los Reyes Católicos habían prohibido el pase a las Indias de judíos, moros y herejes) y también con el rechazo a España, fruto del proceso de independencia. Por eso, se fomentó la inmigración europea y se otorgaron a los inmigrantes todos los derechos de los nacionales.

En seis décadas llegaron a la Argentina millones de europeos (en su gran mayoría españoles e italianos) y el país pasó de tener ochocientos mil habitantes a ocho millones. Ellos poblaron las pampas y sembraron el progreso: en 1913 la república era el principal productor de granos y carnes del mundo y su producto bruto por habitante era de 470 dólares, mientras Francia tenía 400, Italia 225 y Japón 90. Los salarios eran un ochenta por ciento más altos que los de Marsella, veinticinco por ciento más elevados que los de París e iguales a los de Nueva York. El sistema de educación pública impulsado por Domingo F. Sarmiento había llevado la alfabetización del 10 al 80 por ciento. El éxodo de algunas regiones españolas había sido tan grande que se decía, acaso con alguna exageración, que en Buenos Aires había más gallegos que en toda Galicia.

Dado que más del treinta por ciento de la población era extranjera, a partir de 1908 se procuró homogeneizar a los hijos de inmigrantes por medio de una campaña de educación patriótica que exaltó sin mesura los valores nacionales. Se dejó de lado el modelo de la paz y el trabajo y se crearon nuevos paradigmas: el militar que murió pobre (supuestamente el general José de San Martín, prócer de la independencia, aunque éste falleció rico); el gaucho pobre que se hace violento (el personaje literario Martín Fierro); y, posteriormente, la dama buena que regala lo ajeno (Eva Perón).

A partir de 1939 llegaron al país los exiliados de la guerra civil española: con talento y vigor compusieron música y escribieron poesía; dignificaron el periodismo y las universidades; y establecieron fecundas editoriales. Quien esto escribe fue educado en Tucumán por la santanderina María Lemaur Saravia, una de esas maravillosas desterradas republicanas que esparcieron su cultura y afecto y renovaron entrañables vínculos entre los dos continentes.

Durante la segunda guerra mundial la Argentina le vendió granos y carnes a los dos bandos contendientes y terminó muy rica. Era acreedora de Inglaterra y el presidente Juan Perón, en 1946, decía que el oro acumulado en el Banco Central impedía caminar por sus pasillos. Al año siguiente su esposa Eva Duarte realizó una fastuosa visita a España y anunció una generosa entrega de trigo al gobierno de Francisco Franco.

Desde entonces se practicaron políticas demagógicas de despilfarro gubernamental que provocaron inflación y luego un endeudamiento externo que hoy alcanza los 146.000 millones de dólares. En el plano ideológico, los intelectuales nacionalistas habían alimentado desde comienzos del siglo XX el «sentimiento de víctimización»: el país sufría la explotación de las inversiones de Gran Bretaña en empresas ferroviarias y otras actividades. Después de la segunda guerra mundial, el rol de «demonio» fue asumido por las multinacionales de Estados Unidos y, desde las privatizaciones de Carlos Menem, por Telefónica de España y los bancos y empresas hispánicas. Las consecuencias de los nuevos arquetipos y la dilapidación de los bienes públicos fueron la violencia política, el terrorismo de estado y una guerra contra Inglaterra por las islas Malvinas.

A fines del 2001 el presidente Adolfo Rodríguez Saá anunció que se dejaba de pagar la deuda externa y la medida fue aplaudida de modo irresponsable por legisladores de todo el arco político. Tras el «alegre default», el paro acuciante y la desesperanza nacional precipitaron un éxodo tremendo. ¿Hacia dónde? Hacia el origen de nuestras virtudes y defectos, la patria de nuestros antepasados pobres y nuestros primos hoy ricos. Acaso en esa España revitalizada por la democracia y la integración en la comunidad europea, comience un nuevo ciclo de intercambio que fecunde otra vez las simientes del trabajo, la paz y el ahorro que llevaron a la Argentina a ser alguna vez el refugio dorado de las gentes de buena voluntad.