El escándalo de los sueldos

FERNANDO CORTÉS
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¿Por qué el primer ejecutivo de una multinacional cobra 160 veces más que un empleado «medio» de esa misma compañía? No paro de hacerme esa pregunta e incluso otras aún más estúpidas. La crisis está poniendo en evidencia los sistemas retributivos aplicados en los tiempos de las vacas gordas y que no están referenciados a la productividad o a la evolución de los resultados, sino a otras variables más arbitrarias y volátiles. Una moda que ha permitido casos como el de la aseguradora AIG, cuyos directivos se repartieron «bonus» por importe de 165 millones de dólares como «premio» por haber llevado la compañía a la quiebra.

Con el cielo desplomándose sobre nuestras cabezas y el grifo del crédito cerrado, la gente entiende mal que un banquero gane nueve millones de euros al año, además de las «stock options», y un plan de pensiones que le garantiza 60 millones de euros cuando se jubile. Claro, que el que no se consuela es porque no quiere. Hasta hace no mucho todas estas cifras eran un secreto. Sin embargo, un día nos inventamos eso de la responsabilidad social corporativa, que no impide que algunos sigan haciendo con su sueldo mangas y capirotes, pero que al menos les obliga a contarlo. Tampoco se vayan a creer que se ponen colorados. Por ejemplo, el presidente de AIG ha dicho que pagaba esas cantidades para evitar que sus directivos se fuesen a empresas de la competencia. ¿A qué? ¿Tal vez a hundirlas?

La transparencia tampoco es el bálsamo que todo lo cura. Se podría pensar que los accionistas, informados del sablazo que les están pegando sus ejecutivos, pueden decidir que se les recorte el sueldo. Ocurre, sin embargo, que las multinacionales están controladas a su vez por otras grandes corporaciones cuyos directivos son los primeros en beneficiarse de ese tipo de retribuciones. Y entre bueyes, ya se sabe, no hay cornadas.