Epílogo castrista

ZOÉ VALDÉS
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El castrismo, agonizante, prepara varios espectáculos finales. Uno de ellos tuvo lugar durante el pasado Congreso de la UJC (Unión de Jóvenes Comunistas). El programa estuvo a tono con lo que ya un visionario Reinaldo Arenas describió en El color del verano, entre tragedia griega y conga lucumí, con sus tintes de zarzuela, no podía faltar la pesantez de aquellos ballets del realismo socialista, heredada de la Era de los Bolos o Soviets. En medio del mejunje que se quiso dejar sentir como patriótico-militar, apareció el balserito Elián González, convertido en robot castrofascista, uniformado, como era de esperar, de militar, quien tartamudeó unas cuantas consignas, y enseguida se apagó, se le acabaron las baterías, y se volvió a sentar triste y meditabundo. Todavía hay personas que esperan que este muchacho vuelva a lanzarse al mar, no lo creo; aunque él sabe bien que si se sale del guión, quien lo echará a los tiburones será el mismo Castro II.

Castro II habló y no lloró. Quienes recordamos su discurso cuando tronaron a Ochoa y demás generales en el verano de 1989 no olvidamos aquella secuencia donde él mismo se describía llorando frente al espejo, en una mañana soleada, con el cepillo de dientes en la boca, mientras pensaba en los hijos -casi rectificó, huérfanos avant la lettre- de Ochoa y compañía. De un tiempo a esta parte, Castro II ha aprendido a llorar hacia dentro, los pucheros forman parte del espectáculo del que les hablaba, con la intención de ablandarle el corazón a la Unión Europea. Pero el corazón de la Unión Europea y de los Estados Unidos, y del mundo, lo han ablandado con la verdad los nuevos protagonistas de la realidad cubana: Orlando Zapata Tamayo, Oscar Elías Biscet, Reina Luisa Tamayo Danger, Laura Pollán, Marta Beatriz Roque, Vladimiro Roca, Las Damas de Blanco, Guillermo Fariñas, Franklin Pelegrino, Darsi Ferrer, Jorge Luis García Antúnez, Iris Tamayo Pérez Aguilera, Idania Yánez, Ariel Sigler Amaya, Ricardo González Alarcón, Regis Iglesias Ramírez, así como los cientos de miles de disidentes que en todo el país operan como opositores, prensa independiente, bibliotecarios y educadores independientes, y blogueros. Sin contar que, todos estos años, escritores cubanos y personalidades del exilio no han desmayado en el empeño de dar a conocer los desmanes que desde el 1 de enero de 1959 comete el régimen de La Habana.

El discurso de Raúl Castro sólo reflejó lo que ya todos conocemos, el país ha sido destruido por ellos mismos, la incompetencia es abismal, como toda incompetencia generada por la desidia y el odio que provocan las dictaduras. Por supuesto, no faltó el gran momento suicida predicado por toda secta que se respete: invocación a la desaparición colectiva antes que ceder frente al chantaje mundial. Esto lo hemos oído infinidad de veces, pero en boca de Castro I sonaba la parrafada como más heroica; dicho así, de manera tan insípida, por Castro II, provoca estallar a mandíbula batiente ante semejante mamarrachada.

No dudo de que el pronóstico, más que propuesta marxista-leninista -esa ideología transformada en religión por los cubanos-, se cumpla; jamás he sospechado que tanto Castro I como Castro II son dos locos peligrosos, y buscarán la manera de hundir la isla en el mar, tal como predijo el visionario Arenas, y muy a la manera de Emir Kusturica en su filme Underground: la isla a la deriva, o explotada en esquirlas voladoras, con el apoyo del atómico Mahmmoud Ahmadineyad, y del parlanchín socio de ETA, Hugo Chávez. A la larga, los primeros que pusieron el terrorismo a la moda fueron los Castro, con su célebre guerra de guerrillas. En días pasados la represión se ha recrudecido en la isla, se comenta, varios son los observadores que concuerdan en que este año la violencia será peor que en los anteriores. ¿Peor que cuánto y cuándo? La violencia por parte del castrismo jamás ha dejado de ser tal como la hemos visto, sólo que los mecanismos e instrumentos de difusión han variado. Sin embargo, los cubanos durante 51 años se han enfrentado al régimen en la mayor soledad que pudiéramos imaginar; en la actualidad eso ha cambiado, con la ayuda de internet y de los móviles la información recorre el planeta en cuestión de segundos.

Los esbirros han repartido en estos últimos días orientaciones a los trabajadores y estudiantes, por escrito, en los centros laborales, en las escuelas, en las instituciones, para que se enfrenten con palos, cabillas, y con lo que tengan a mano, a los disidentes que decidan manifestarse en las calles; incluso se detalla que, en caso de fuego, existen unas específicas medidas a tomar. En caso de fuego, subrayo, o sea, no descartan prenderle candela a un opositor en plena vía pública. Creo que es el momento de hacer un llamado al pueblo cubano a una urgente desobediencia civil, a no reaccionar ante estos panfletos, a pensar en que las agresiones llevarán a una mayor desgracia, a la muerte de sus hermanos, y que los cubanos deben ya empezar a respetarse, a conformarse nuevamente como país, como nación. Debemos hacer un llamado a que de una vez se borre el lema castrista de ¡Patria o muerte! Es hora, para la nación cubana, del ¡Libertad y vida!

Lo único que se me ocurre, para evitar el baño de sangre que hemos visto en los últimos años en Irak, es que los gobiernos demócratas del mundo consideren unánimemente que la Era Castro debe terminar, que los presionen para que liberen a los presos políticos y abandonen el poder, y devuelvan la libertad y la paz a los hogares cubanos. Los gobiernos del mundo pueden cambiar no sólo a Cuba, pueden acabar con los instintos ambiciosos de ese nuevo capitalismo revestido de una ideología guevarista y fidelista, que hemos visto en China, por poner un ejemplo; y en lugar de hacer de Cuba una pequeña isla sumida en el capitalismo salvaje desde el punto de vista económico, acorralada por la ideología castrofascista, una isla que posee mayor número de prisiones que de playas, siendo una isla, podrían dejar que sea lo que pudo haber sido, un país desarrollado. Porque debemos recordar que cuando los Castro tomaron el poder la isla era un país en vías de desarrollo, de ningún modo un país subdesarrollado, como se ha querido ver durante estas cinco décadas.

Si el mundo conviniera en que con Cuba podrían empezar a dar un ejemplo de cómo conducir a un pueblo hacia la democracia y la libertad, sin derramamiento de sangre, entonces creeremos todos en las buenas intenciones de construir unidos una paz mundial.

Los Castro podrán seguir preparando sus horrendos festejos, pero que sepan que, cualesquiera que sean los espectáculos que organicen, tarde o temprano la justicia terminará por llegar, y de la decisión que ellos tomen dependerá en gran parte la salvación común, porque una gran mayoría de cubanos no desea seguir obedeciendo las órdenes que les llegan directo del Comité Central de continuar viviendo en la más absoluta de las miserias espirituales y humanas.

Los cubanos conocen cómo se vive fuera de la isla. Desde hace dos décadas el turismo le ha abierto las entendederas, quiéranlo o no los jerarcas, la información penetra y las mentes analizan en silencio. Los cubanos saben que el mundo de hoy es muy diferente al catastrófico que les han pintado. Y aprenderán a luchar por la vida, a diario, honestamente; y no tendrán que vivir mendigando, prostituyéndose bochornosamente, ocultos en la mentira, agazapados en la oscuridad del horror, encerrados en la isla cárcel, obligados a delatar a sus hermanos, a sus padres, obligados a odiar, a apañarse con lo que les den, con lo que toca, con la nada cotidiana como método de supervivencia, resentidos y olvidados.

Los cubanos saben, en fin, que la vida pudiera ser otra.