Entre las llamas

Nada es eterno sino que, por el contrario, todo lo que nos rodea es frágil y perecedero

Pedro García Cuartango
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Todavía no ha desaparecido la perplejidad que sentí el pasado lunes por la noche cuando veía arder Notre Dame y desplomarse entre las llamas la aguja que despunta sobre sus dos torres. Viví muy cerca de allí en los años 70, junto a la plaza de Saint Sulpice, y solía dirigirme hacia el Sena por la rue Dauphine y cruzar el Pont Neuf para sentarme en algún banco en un jardín que hay en el extremo de la isla de la Cité, que parece la proa de una nave.

Acostumbraba a entrar al templo para ver ponerse los rayos del sol a través de sus magníficas vidrieras y también me paraba para observar la maravillosa imaginería de piedra del pórtico

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