El engaño

Por ALFONSO USSÍA
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QUE toda una sociedad se deje engañar es síntoma de desarrollada estupidez. No es el caso de la sociedad vasca, que mantiene un alto porcentaje de resistentes a la mentira. Lo de Ibarreche y de Arzallus es de tontos. Mienten a los tontos y les ofrecen utopías. Lo malo es que las utopías están manchadas de sangre, y dejan de ser quimeras respetables. Si la chapuza de Ibarreche se llevara a cabo, ese nuevo país que nadie sabe qué territorio dominaría -probablemente sólo Vizcaya y Guipúzcoa-, ingresaría inmediatamente en la miseria. El viejo Leizaola, que no era menos nacionalista que los embaucadores de hoy, aventuró un siglo de indigencia. Más del setenta por ciento de la producción vasca tiene como cliente al resto de su nación, es decir, España. La gran banca -el BBVA- trasladaría su sede a Madrid, y lo mismo harían otras importantes empresas como Iberdrola o Petronor. El supuesto nuevo país independiente saldría disparado de la Comunidad Europea y de la zona del euro. Tendría que acuñar una nueva moneda -la «eusketeta», posiblemente-, y crear desde la ruina todos los servicios de un Estado, Ejército incluido, con una marina compuesta por la gabarra del Athletic de Bilbao, y los gabarrones para los bañistas de la playa de Ondarreta. El buque insignia de la «Euskoarmada» sería el viejo gabarrón de «Yoldi», cuyo paradero ignoro. Pocos años se me antojan los cien de miseria que auguraba Leizaola.

Álava se escindiría de las otras dos provincias vascongadas, Navarra persistiría en sus trece españolas y los tres territorios vascofranceses, ya me dirán ustedes. Rodrigo Rato presupone una imitación de Albania, cuando Albania es el edén comparado con lo que podría representar esa cosa. Su población, además de la miseria, padecería un enfrentamiento social insoportable. El nacionalismo marxista-leninista de Batasuna y la ETA y el nacionalismo cristiano, étnico y de ultraderecha del PNV y Eusko Alkartasuna. Ambos, con el sentido de la imposición arraigado en sus conductas. Una nación con una industria sin clientes, una agricultura sin campo, un tejido empresarial sin empresas, un Ejército sin cañones y un Poder Judicial sin jueces. Todo eso cuesta mucho dinero, y la miseria no lo aporta. Mentira sobre mentira, porque todo lo anteriormente citado no podría realizarse sin el consentimiento de todos los españoles.

¿Dónde acaba el túnel de Ibarreche? En la paranoia común. Esa luz del otro lado que nunca se verá no es despropósito poético o sueño romántico, sino negación absoluta de la realidad. Lo que no puede existir escapa a la posibilidad del invento. Figurando nubes, la utopía nacionalista terminaría a tortas. No sólo entre dos grupos sociales enfrentados, sino entre dos provincias que históricamente se llevan fatal. Pero todo esto es un ejercicio de idiotas, porque la obtención de la quimera es imposible.

El grupo «Mondragón», poderosísimo, con su «Eroski» a la cabeza -la red de supermercados que gana dinero en todo el territorio español para después invertirlo en publicidad en «Gara» y otros medios afines a la depuración étnica-, quedaría como el gran grupo económico vasco. Pero sin su implantación en el resto de España y ajeno al mercado europeo, ¿qué sería del oscuro conjunto empresarial nacionalista? ¿Cómo sobrevivir en una sociedad arruinada? Claro, que siempre vuelvo a lo mismo. La figuración es irrealizable, y el grupo «Mondragón» -con «Eroski» a la cabeza- seguirá como lo que es, hasta que sus habituales y fieles clientes de las provincias españolas no vascas comprendan que un porcentaje del dinero que ellos pagan para adquirir una lata de anchoas en el supermercado es invertido en publicidad proetarra.

Todo es mentira. Los que mienten lo saben. Los engañados, se lo figuran. Los tontos, se lo creen. Y el túnel, cada día que pasa, más oscuro y lejano a la luz.