Energúmenos en el rectorado

Por M. MARTÍN FERRAND
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Philip Stanhope, cuarto conde de Chesterfield y contemporáneo de las puertas que, en el Rectorado de la Universidad de Sevilla, acaban de destrozar los cachorros del Sindicato de Estudiantes, tras dedicar su vida a la política, sordo como un pedrusco, escribió unas notables cartas a su hijo que, pasado el tiempo, no han perdido actualidad. Dijo hace doscientos veintitantos años: «El joven guiando al joven es como el ciego guiando al ciego, los dos tienen que caer». Claro que en su época, y durante todo el XIX y buena parte del XX, los escritores más solventes coinciden en definir a la juventud como la edad de los sacrificios desinteresados, la época de las esperanzas inmensas y el tiempo de los esfuerzos superfluos con ansia de futuro. No es el caso de los energúmenos de la Universidad de Sevilla, ausentes de la generosidad y servidores de causas caducas. Tratan de guiar a los jóvenes; pero no hacia un mañana mejor, sino hacia el peor de los tópicos revolucionarios del pasado. Agrupados en un Sindicato esperpéntico, en el que confunden la preposición a con el ha del verbo haber y, supongo, con la interjección -¡ah!- preferida del asombro, lo mismo pueden coger un hacha para romper una puerta del XVIII que ponerle una hache de más a un panfleto volandero. El rigor, intelectual o ético, no entra en sus hipótesis de trabajo.

Ayer publicaba ABC un editorial sobre este asunto que cualquiera puede suscribir, desde la derecha o la izquierda, sin más compromiso que el del sentido común; pero ello nos invita a reflexionar, y con susto, sobre la otra cara del problema: la crisis de autoridad que preside nuestro tiempo. Quie-nes hayan visto en los telediarios la imagen del rector de la Universidad de Sevilla, Miguel Florencio, y la de los miembros de la Junta de Gobierno que le acompañaban en el momento de la ocupación del Rectorado, entenderán muy bien a qué me refiero. Sus caras denotaban pánico, más que sorpresa; su atuendo, complicidad y sus balbucientes palabras, asunción de lo inasumible. Tenía que ser así porque es parte del fruto de unas Universidades masificadas, en alumnos y profesores, en las que lo «progre» -que no se sabe muy bien en que consiste- se demuestra en el tuteo y en las pachas. Como los malos toreros, los malos docentes ignoran cual es su terreno y tratan de acortar distancias convenientes, lejos de la excelencia, confundiéndose con esos alumnos de aparente liderazgo que, lejos de cualquier esfuerzo intelectual, asaltan rectorados.

No hace mucho, en el calor de la protesta por la Ley de Universidades, hemos visto, hombro con hombro, a algunos rectores, muchos profesores y miles de alumnos en manifestaciones callejeras. De aquello a esto no hay distancias. Lo otro es consecuencia de lo uno. Ni lo uno ni lo otro se corresponde con la substancia y el estilo universitarios. El asalto al Rectorado de la Universidad de Sevilla por cuatro o cinco docenas de salvajes no es una cuestión universitaria, sino algo meramente penal. ¿La policía ha detenido ya a todos los asaltantes, están ya en presencia de un juez? Los amotinados señalaban la «falta de coherencia» de sus asaltados que, después de rechazar la LOU con voces y pancartas, estaban reunidos para estudiar su aplicación. Esa esquizofrénica conducta de algunos docentes no justifica la barbarie de muchos alumnos, pero tiene mucho que ver con ella. Demasiado.