M. MARTÍN FERRAND
M. MARTÍN FERRAND

Los enemigos del alma

HUBO un tiempo en el que los españoles podíamos ser clasificados según

Por M. Martin Ferrand
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HUBO un tiempo en el que los españoles podíamos ser clasificados según hubiéramos memorizado el Catecismo de la Doctrina Cristiana escrito por el padre Jerónimo Martínez de Ripalda o el elaborado por el padre Gaspar Astete. No hay mucha diferencia entre ambos, ya que los dos autores eran jesuitas y habían nacido, respectivamente, en 1536 y 1537. Yo pertenezco a la media España del padre Astete. Aprendí disciplinadamente su Catecismo con sus preguntas y sus respuestas, que, dicho sea de paso, sigo teniendo vivas en la memoria. Recuerdo por ello que «los enemigos del alma, de los que hemos de huir, son tres. El primero es el Mundo. El segundo, el Demonio. El tercero, la Carne».

¿Quién es el Mundo?, preguntaba el Astete, que se respondía a sí mismo: «Son los hombres mundanos, malos y perversos». Esa imprecisión definidora me tuvo muy ocupado, tratando de descifrarla, cuando el ingreso en el Bachillerato equivalía al certificado de estudios primarios que hoy se estila. El Demonio, aunque lejano, me resultaba más claro, y la Carne, culturalmente inseparable del acné, nos resultaba más evidente a los chicos de mi colegio que, a juzgar por las apariencias, a las chicas del colegio de enfrente, religiosos los dos.

Han cambiado mucho las cosas desde entonces. La memoria ya no es pedagógica y, si nos atenemos a los signos externos, a lo que predican desde sus púlpitos audiovisuales los enemigos de la Conferencia Episcopal española, siguen siendo tres, pero distintos de los antañones clasificados para el alma. Mundo, Demonio y Carne han sido sustituidos, como machacan los voceros de la Cope, por Mariano Rajoy, Alberto Ruiz-Gallardón y el diario ABC. Me inquieta, a título personal, porque nunca sospeché, ni en mis días más lejanos a la fe, que llegaría a formar parte de la tripulación de uno de esos tres perniciosos enemigos de la Conferencia en la que se integran, más o menos contentos, los obispos españoles.

Lo de Rajoy y Ruiz-Gallardón resulta más inexplicable todavía. No es que el PP sea un partido confesional; pero, en lo que se me alcanza, los valores de la cultura cristiana -una de las tres grandes patas de Occidente- encuentran mejor alojo en el PP que en el PSOE. Esa saña que la Con-ferencia patrocina contra el líder del Partido Popular -«maricomplejines» le llaman- exigiría, para mantener las proporciones y la escala, que exorcizaran a José Luis Rodríguez Zapatero y, más todavía, que prepararan la pira para instalar a Gaspar Llamazares. Persiguen a Gallardón y no a Esperanza Aguirre porque el primero ha preferido mantener su independencia ante los medios -no todos, claro- y la segunda derrama sus dádivas y sonrisas allí donde flota la gran contradicción de la, ya de por sí, contradictoria Conferencia Episcopal. Por cierto, según el Astete, las Virtudes Cardinales eran cuatro. ¿Lo seguirán siendo?