Enamorada

Por Jaime CAMPMANY
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Andaba yo algún tiempo perplejo, tres o cuatro semanas, con el caso desconcertante de la vestal. «¿Qué le habrá pasado a esa chica?», me preguntaba yo con insistencia de amigo viejo y compañero devoto, y no acertaba a responderme con alguna verosimilitud. Ahora me lo explico todo. Lo que le sucede a Pilar Urbano es que está enamorada como una colegiala en la edad del pavo, y padece ese estado de imbecilidad transitoria propio de la adolescencia embebecida. Sólo que a Pilar le llega tardíamente, muy tardíamente, aunque nunca es tarde para el amor, y esos arrebatos son más graves si son tardíos. A la vejez, viruelas. Cuando los arrebatos amorosos coinciden con el acné juvenil, producen una sonrisa en quien los contempla. Luego, se convierten en una catástrofe.

El amor, ya de por sí, es una catástrofe. «Amor, amor, catástrofe. ¡Qué hundimiento del mundo!», exclama el poeta, Pedro Salinas para la exactitud. Pues si el amor es así siempre, qué no será cuando llega a deshora y exigiendo recuperar todo el tiempo perdido, ¿dónde estuviste, amor, dónde estuviste, esquivo y en desvío? Con razón Garcilaso, aquel «claro caballero de rocío» cantaba el mal que le traían las prendas de amor que había encontrado. «¡Oh, dulces prendas por mi mal halladas!». No por su bien, sino por su mal. Claro que el mal de amores, al final y de una u otra forma, trae la felicidad al enamorado, por más que a veces sea una felicidad dolorosa y extenuante, pero, claro, eso es otra cosa, eso entra dentro de la paradoja natural de las cosas sobrenaturales. Amor, amor, catástrofe.

Ya se sabe que el amor despegado de las oscuras pasiones terrenales, o alejado necesariamente de ellas, produce en el enamorado un nublamiento de la vista, una ofuscación del pensamiento, un delirio de la razón, un redundante desprecio desdeñoso hacia los negocios del mundo, una exaltación del alma hacia las regiones donde no se piensa sino que se cae en la melancolía, en el devaneo, y por decirlo de una vez, en la chifladura. «Es posible que a Pilar Urbano le haya pillado eso», pensé después de leer la embebecida/embobecida hagiografía del juez Garzón, «el hombre que veía amanecer», ¿y ella qué sabe de eso? Pregunto. Yo qué sé. A Marujita Díaz le da por mantener a Dinio, y a Pilar Urbano le da por escribir un libro de castísima enamorada sobre el juez Garzón.

¿Qué se ha hecho de aquella Pilar Urbano que yo he conocido, beligerante siempre contra la maldad, contra la injusticia, contra los caínes que matan al hermano, contra los herodes que degüellan a los inocentes? Y ahora me sale la vestal enamorada, como un ángel neutral, diciendo que no quiere ser militante ni beligerante contra nada, ni siquiera contra el terrorismo, ella también en medio, equidistante, entre el verdugo y la víctima, como un monseñor Setién con corpiño. Al Padre, al Beato, al Fundador, a monseñor Josemaría, todojunto, lo tendrá con las manos en la cabeza. A esta hija suya le ha pillado a deshora el fuego del amor, que es enfermedad de vestales provectas, y ha perdido el camino. Algo habrá que hacer para regresarla.

Dice la enamorada en delirio que ni este mapa de España ni la Constitución son dogmas. O sea, que se pueden ir a hacer gárgaras sin perder el cielo, porque lo importante es seguir creyendo en la resurrección de la carne. Tiene razón. Pero es que en ese asunto no se trata de repetir el rezo del credo para salvar el alma, sino de preservar la crisma de los cristianos del tiro por la espalda. Pilar Urbano le dijo a Luis del Olmo (¿tampoco Luis del Olmo debe ser beligerante contra los asesinos etarras?) que ella no leía ABC «por profilaxis». Pues eso es que quiere estar limpia para el himeneo.