Empresarios en tiempos de crisis

Por José Mª GARCÍA-HOZ
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«Esto tiene trazas de ir a peor», el valor de la frase no reside en su precisión académica, de la que obviamente carece, sino en su fuerza expresiva. La pronunció el llorado Fernando Abril, a la sazón vicepresidente económico, al describir ante el Pleno del Congreso de los Diputados las perspectivas de «esto», o sea, de la coyuntura económica nacional. Diecinueve o veinte años después nadie discute que, ahora también, esto tiene trazas de ir a peor. No se trata de que haya que volver a empezar de cero, pues la sociedad y la economía españolas están muchos codos por encima de aquellos años terribles; la cuestión ahora es, en primer lugar, cómo no perder la cota alcanzada y, en segundo, cómo seguir creciendo.

Desde luego que, en el conjunto de la Unión Europea, hay por delante una formidable labor de liberalizar mercados y flexibilizar anquilosadas estructuras que encorsetan el potencial de crecimiento en el Viejo Continente. Ese es el recado que ya empieza a mandar el próximo presidente de la UE, José María Aznar. Con todo y ser un mensaje acertado, parece difícil que sea aceptado, porque dos de los países nucleares de la UE, Alemania y Francia, viven sus respectivas vísperas electorales, momento nada propicio para las grandes decisiones.

Pero aun en el improbable caso de que la UE decidiera derribar los viejos obstáculos, la liberalización no iba a producir un efecto inmediato de crecimiento. Es un caso parecido al de la libre competencia: su función no es garantizar precios baratos, sino que estos sean los más bajos posibles. Liberalización, flexibilidad, competencia... No son, por sí solos, motores del crecimiento indefinido, sino herramientas que contribuyen a paliar los efectos de las fases bajas del ciclo económico y a explotar al máximo las oportunidades de los vientos favorables. En este sentido, el ejemplo de la economía norteamericana, la más liberalizada de entre las de la OCDE, es bien patente: aprovechó como ninguna otra la anterior fase expansiva y no será la que más sufra en los inmediatos y previsiblemente malos tiempos.

Salvadas las distancias, algo parecido ocurre con los empresarios: unos saben aprovechar los mercados en crecimiento y otros dan lo mejor de sí mismos en la administración de la escasez. ¿Qué sería hoy de Telefónica si Juan Villalonga hubiera continuado al frente de la compañía? El ejemplo es malo porque la llegada y salida de este hombre tuvieron que ver más con la política que con la gestión empresarial, pero es válido si se piensa que Villalonga apuró las posibilidades de expansión e inversión de la empresa en el momento oportuno para ello y ahora se enfrentaría a una coyuntura radicalmente opuesta: las Bolsas en caída libre, el mercado de clientes saturado y las empresas con deudas astronómicas. ¿Sabría Villalonga adaptarse?

La pregunta no tiene respuesta en el caso de Telefónica -aunque ayer mismo dimitió el presidente de la telefónica holandesa KPN, el mismo que quiso fusionarse con la empresa española- pero sí la tendrá en el de otras muchas compañías dirigidas, en ocasiones fundadas, por empresarios de crecimiento, que en fases depresivas corren el peligro de trastabillarse las piernas. Sin salirnos del Ibex 35, se requieren habilidades directivas diferentes para gerenciar Inditex, o Prisa, o Gamesa, o BSCH, o Endesa, o X... en 1999, que en este 2001 y siguientes. Desde luego, hay empresarios que valen para todo, y deseo con toda mi alma que los de los ejemplos citados lo sean, pero en términos generales resulta muy complicado conseguir que una empresa grande se adapte a los malos tiempos; primero, porque a nadie le gusta volver de las angulas al jurel, pero segundo, y no menos importante, porque muchos no tienen ni idea de dónde se pesca el jurel. Creo que fue Keynes el primero que dijo que con la marea alta todos los barcos consiguen navegar, pero cuando baja aparecen rocas inadvertidas, que complican mucho la navegación.