SERRANO ARCE  Manuel Fernández Álvarez
SERRANO ARCE Manuel Fernández Álvarez

Elogio de don Ramón (y III) buscador de romances

Don Ramón Menéndez Pidal, el gran maestro de la historiografía española del

Por MANUEL FERNÁNDEZ ÁLVAREZ
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Don Ramón Menéndez Pidal, el gran maestro de la historiografía española del siglo XX, y el gran filólogo maestro de tantos otros, empezando por el propio Dámaso Alonso, es tan conocido y tan reconocido por todos en ambos campos que no voy a insistir en ello; sus magistrales estudios lo dicen suficientemente. Y aquí es cuando resulta bueno recordar de nuevo obras como «La España del Cid» y «La idea Imperial de Carlos V».

Pero yo ahora quiero evocar a don Ramón en otra de sus facetas, la más íntima, la que nos lo presenta cargado de lirismo con todo su amor a la poesía.

Eso es lo que aparece en las páginas dedicadas a recoger los viejos romances de nuestra literatura; aquello que constituyó uno de sus más hermosos libros: «Flor nueva de romances viejos».

Y aquí es cuando también es de justicia recordar el nombre de una mujer excepcional: María Goyri.

María Goyri, la esposa de don Ramón, fue una de las primeras mujeres españolas que tuvo el valor y el entusiasmo de estudiar la carrera de Filosofía y Letras, en aquel Madrid de fines del siglo XIX, todavía con tantos prejuicios hacia la mujer.

Y es más, sabemos que María Goyri acompañó a don Ramón en esos apasionantes viajes por la España interior, a la búsqueda de cualquier romance cantado aún por el pueblo español en sus más recónditos lugares. Y en eso demostraban ambos cuán vinculados estaban a los principios educativos de la Institución Libre de Enseñanza.

Cuando don Ramón hace el prólogo, que titulará «Proemio», a su «Flor nueva de romances viejos», evoca en parte aquellas búsquedas apasionantes.

Y lo hará con un estilo precioso, cargado de lirismo, que hace buena la sentencia de que sólo los que tienen alma de poeta se entusiasman con la poesía, y que el poeta no sólo nace, sino que también se hace, o se va haciendo, con el trato de los versos inspirados que en su lengua se han escrito.

Pero oigamos a don Ramón:

«Yo aprendí desde la niñez los romances en una tierra empapada de ellos, en la arcaizante Asturias».

Y es que a don Ramón le viene al punto la memoria de aquellos años primeros vividos en tierra asturiana. Recordemos que su familia, tras la estancia en La Coruña, donde nació, pasaría pronto a Oviedo.

Y sigue don Ramón recordando aquella época de su niñez, y yo diría que también de cuando iba haciéndose muchacho y adolescente:

«Su canto -el de los romances- alegraba las siempre alegres excursiones muchachiles por el puerto de Pajares...»

Pero no sólo revive el romancero en tierras asturianas: «... por los encinares del Pardo, por las entonces solitarias cumbres del Guadarrama...»

Don Ramón recuerda aquella época de la adolescencia y añade:

«... y reanimados por frescas voces femeninas, contagiadas de la afición, afirmaban en mi ánimo la verdad del consabido verso: «Viejos son, pero no cansan»».

El sabio maestro, aquí con alma de poeta, no sólo buscará los viejos romances en los perdidos pueblos de España, sino también en los textos más antiguos conservados en las principales bibliotecas de Europa entera.

Y esto lo sabemos porque él mismo nos lo indica, no sin cierto orgullo, bien legítimo:

«Yo después, para estudiar la esencia y la vida de la poesía tradicional, he buscado los restos antiguos del romancero en las bibliotecas principales de Europa, los he buscado con avidez en la tradición viva y los he oído cantar en multitud de pueblos, desde la brañas de los vaqueros asturianos hasta las cuevas del Monte Sacro, a la vista de la romancesca Granada...».

Pero no sólo por tierras de España. Nuestro gran maestro aprovecha cualquier oportunidad, como le daría aquella misión encomendada por Alfonso XIII para mediar entre Perú y Ecuador. Y entonces empezaría la serie de sus viajes por la América hispana. Y, naturalmente, no pierde la ocasión, si tiene la opotunidad, de oír también restos de nuestro romancero.

Él mismo nos lo confirma:

«... los oí en las orillas del Plata y al pie de la gigantesca mole de los Andes...».

¡Qué maravilla! Por eso puede declarar, otra vez con legítimo orgullo: «Yo me encuentro así que soy el español de todos los tiempos que haya oído y leído más romances...».

Y de ese modo, don Ramón, cargado con tantas experiencias, rezumando sensibilidad para captar lo más bello de nuestro romancero, nos va dando las versiones más depuradas y más hermosas de esa poesía popular española.

Yo sólo voy a recoger algunas muestras de esa maravilla. Así el romance que comienza:

«Por aquellos prados verdes / ¡qué galana va la niña! / con su andar siega la hierba / con los zapatos la trilla... ».

O aquel otro titulado «El enamorado y la muerte»:

«Un sueño soñaba anoche / soñito del alma mía / soñaba con mis amores / que mis brazos los tenía...».

O ya el famosísimo romance titulado «De Fonte-frida, y con amor», donde leemos:

«Fonte-frida, Fonte-frida, / Fonte-frida y con amor, / do todas las avecicas / van tomar consolación...».

Y nuestro gran maestro comenta: «Nuestro romance da una graciosa intensidad lírica al viejo tema...».

Que así era don Ramón, el maestro insigne de filólogos e historiadores, pero también el buscador apasionado e infatigable de las raíces más profundas de nuestra poesía tradicional. Eso no lo podía hacer por su carga de estudios eruditísimos, sino por su profunda vena lírica.

Y con esa evocación al mundo poético que anidaba en el gran maestro, quiero terminar mi elogio a la figura insigne de don Ramón Menéndez Pidal.