Me duele Euskalerría

Por Javier Gafo
Actualizado:

CONFIESO ser uno de aquellos niños que en la década de los 40 éramos hinchas del Atlético de Bilbao, cuando comenzó mi afición al fútbol que ahora se debilita ante su «extranjerización» y los contratos millonarios. Creo que influyó también en mi elección del equipo rojiblanco la sonoridad de los apellidos, ayer como hoy vascos, de aquel conjunto, cuya alineación recuerdo aún de memoria, con aquella delantera de «Iriondo, Panizo, Zarra...» -sí, Panizo, ya que Venancio llegó algo más tarde y aquél pasó a ser interior izquierda... Recuerdo la emoción que sentí cuando por vez primera fui a Bilbao a mis 19 años y vi ese «puente colgante» que había cantado tantas veces. Y luego vino, en el mismo viaje, San Sebastián, Loyola y hasta Javier- que entonces ni se pensaba que fuese también Euskalerría. Creo que ese recuerdo, todavía muy vivo, no sólo se debe a la inmediata proximidad de mi ingreso en la Compañía de Jesús, sino a la belleza del paisaje, a la nobleza y bondad de los vascos. También recuerdo cómo hacia 1950 decidí racionalmente hacerme «madridista» -¿por qué iba a ser del Bilbao, si había nacido en Madrid y mis padres eran también madrileños?- y en un partido en el ya nuevo Chamartín, aún no era Bernabéu, me dolía íntimamente ante el 4-1 que mi equipo de la cabeza le endosaba al que todavía tenía metido en el corazón. Pero esas son historias muy lejanas. Después ha venido mi conocimiento y mi amistad con muchos vascos. En la Compañía de Jesús ha habido una maravillosa realidad que uno podía encontrar hasta en sitios tan distantes como en la casa de huéspedes de París o en las zonas más lejanas de América: los hermanos coadjutores. Casi siempre eran verdaderos «chicarrones del norte», aficionados al fútbol y al frontón, y siempre hombres hondamente religiosos, íntegros, trabajadores, nobles... Me impresionó extraordinariamente visitar con uno de ellos a su familia, esparcida por los caseríos de Régil -había sido amigo de Paulino Uzcudun- y por otros pueblos de Guipúzcoa: personas de la misma nobleza, hospitalarias, con esa tímida y, al mismo tiempo, cálida afectividad de tantos vascos. He convivido con jesuitas vascos durante mis estudios fuera de España y siempre nos hemos sentido como buenos compañeros y amigos, incluso cuando ya se comenzaba a hablar de «nacionalidades históricas». Ciertamente tenían sus peculiaridades, como los procedentes de otras partes de España, pero creo que siempre nos sentíamos bien cercanos, ciertamente más que con los procedentes de otros países... Por eso «me duele Euskalerría». En alguna forma uno puede sentir en la actual relación con lo vasco algo similar a lo que experimenta una persona que guarda un hondo afecto a otra y que no se siente correspondida. Hay voces que dicen, quizá con frecuencia creciente, que se les conceda la independencia y que nos dejen tranquilos. También sé que hay vascos que afirman que, para estar con Europa, no hace falta pasar por Madrid; que vamos a una Europa y un mundo en que cada vez tendrán menos peso las naciones -aunque es paradójico que esto lo digan los que tienen sentimientos más nacionalistas... Pero para muchos españoles, creo que para la inmensa mayoría, una ruptura política con el País Vasco significaría más que una desintegración de España, más que la quiebra de una historia y de una cultura común seculares... Significaría el corte con una vinculación, que ha penetrado nuestros afectos y ha impregnado nuestra tradición, nuestro humus vital. Ya sé que los vascos se quejan del maltrato político al que han estado sometidos, especialmente en la época de Franco. Ya es un tópico decir que estamos pagando los errores históricos de la prohibición de la ikurriña, de los límites impuestos al euskera y al folklore vasco, del castigo de la supresión de los fueros... También hay que recordar que en tiempos de la dictadura, el País Vasco, junto con Cataluña y Madrid, fueron los privilegiados económicos. Pero sea de todo ello lo que fuere, no se puede olvidar que está a punto de cumplirse un cuarto de siglo de una situación nueva en que los niveles de autonomía de Euskalerría son hoy los más altos de Europa. Ya sé que los coches con matrículas de Bilbao o San Sebastián se venden más baratos en otras partes de España y, sobre todo, que los vascos no gozan de la simpatía de mis tiempos niños, pero en un balance de agravios, ¿no pesa mucho más la sangre de tantos andaluces, gallegos o extremeños, asesinados por ETA? Algunas veces hemos visto quemar ikurriñas, sobre todo en los estadios de fútbol, pero han sido sin duda muchas más las banderas españolas incendiadas, que también «nos duele» a muchos. Porque, además, la inmensa mayoría de los españoles no nos sentimos, ni podemos sentirnos responsables de los errores de la dictadura y el recuerdo que nos queda de aquellos años es el del Atlético de Bilbao y el del afecto hacia los grandes valores del pueblo vasco.

Y, como sacerdote y jesuita, «me duele» la Iglesia vasca. Hace años escribí un artículo a raíz de un programa de debate de la televisión alemana sobre el problema vasco en que el presentador acabó recomendando a un participante abertzale que debía «activar las conciencias y desactivar las bombas». Un compañero jesuita vasco me dijo entonces que para comprender el problema vasco, había que vivir allí. Con el paso de los tiempos, he pensado más de una vez que, para que los vascos comprendan su problema -y el nuestro- también tienen que verlo desde afuera, más en concreto desde un país en que se les sigue queriendo y valorando... Lo que han hecho tantos misioneros vascos, sacerdotes o hermanos, que andan por el resto del mundo. «Me duele» la ambigüedad, no sólo de las declaraciones de los políticos nacionalistas vascos, sino de los mismos eclesiásticos. Me sorprende que el carácter noble y directo de ese pueblo, su «llamar al pan, pan y al vino, vino», sepa encontrar conceptos del peor jesuitismo, como los de la «violencia de baja intensidad» y un largo etcétera de expresiones similares. Ya sé que el problema es complejo y que sus raíces son profundas. Puedo contar que un excelente sacerdote jesuita, hombre entrado en años y buen amigo mío, me decía que cuando viaja a Lourdes y celebra allí misa, deja en blanco, al rellenar el libro «ad hoc», el espacio correspondiente a su nacionalidad. Al percibir los grandes valores religiosos y humanos de sacerdotes vascos conocidos y que se encuentran en la onda más frecuente en la Iglesia vasca, uno intuye la hondura y complejidad del problema. Pero, como otros muchos sacerdotes, tenemos la impresión de que, sea o no verdad aquello de que ETA se gestó en las sacristías, la Iglesia vasca no está jugando el papel reductor y de moderación que se le debía exigir ante el grave problema vasco y que surge del mensaje evangélico.

Porque, ante los altos niveles de libertades y de bienestar económico que se viven en Euskalerría, creo que carece de sentido aplicar las grandes intuiciones de la Teología de la Liberación a las coordenadas actuales vascas. Uno no acaba de comprender que haya vocaciones sacerdotales centradas en la lucha por la defensa de la cultura vasca -sin duda, sumamente valiosa y respetable- y que, en alguna forma, pase a segundo plano la preocupación por la profunda descristianización que está afectando a un pueblo que tenía fama de ser el más católico de nuestra piel de toro y que hoy tiene casi vacíos unos seminarios que tradicionalmente habían estado repletos. Y, porque no quiero caer en el secretismo jesuita, me preocupa percibirlo en los miembros de mi misma Orden. Por todo ello y no sólo por mi pasado del Atlético de Bilbao, «me duele Euskalerría». Y, como dijo aquel gran vasco, al mismo tiempo español y amante de Castilla, «me duele España». Y creo que no se trata de un sentido patriótico trasnochado -el que sin embargo sí pueden tener los de ciertas nacionalidades históricas- ni de la resistencia a asumir plenamente un mundo sin fronteras; se trata simplemente de la amenaza o la pérdida de un humus cultural, de hondas vinculaciones humanas, que a todos nos han marcado en nuestra vida. Si hay que pedir perdón por la responsabilidad que podemos tener en la crisis vasca, uno lo hace con gusto, como cuando se hace con el añejo y buen amigo. Y, como jesuita, tengo que recordar que el que fue calificado como «el vasco más internacional», Íñigo de Loyola, era al mismo tiempo ciudadano del mundo, castellano y, por supuesto, vasco -y le ilusionaba que sus compañeros le trajesen de su tierra euskalduna las castañas que había comido de niño en los verdes y húmedos bosques junto a su casa natal...