El drama de unos ojos verdes

Por ALFONSO DE LA SERNA
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LOS ojos verdes de Sharbat Gula, muchacha afgana, son los cristales que transparentan su alma angustiada. Y quien mire esos ojos despaciosamente quedará al instante preso también de la angustia; casi obsesionado por ese imán de color, le será difícil arrancar la mirada del par de claros, bellos iris a los que la vida negó la ocasión de que nadie hiciera poesía con ellos. ¡Demasiado fácil sería decir que parecen dos gotas de verdemar en una mañana tranquila y soleada! Pero no; casi resultaría frívola la imagen literaria. Son, en realidad, dos dramas conmovedores, tremendos.

Estoy hablando y el lector ya se habrá dado cuenta de la famosa fotografía que Steve McCurry, reportero de la revista «National Geographic», tomó a una adolescente afgana en un campo de refugiados en Pakistán, el año 1984; y de la segunda foto que, diecisiete años después, volvió a hacer a quien ya no era una muchacha adolescente sino una mujer aún joven pero con el alma arrasada por el dolor de la vida.

Las dos fotografías han recorrido el mundo y ahora me llegan en la edición de abril del «Geographic», es decir, en su copia en color más original y perfecta. ¿Cómo habrá podido la belleza de esos ojos verdes que, a los trece años de edad, se diría que estaban destinados a ser los de una niña libre, a punto de nubilidad, «alma beata» -feliz- en los campos de la tribu Pashtun, transmutarse en la honda y angustiosa mirada de un alma dolorida, casi «alma condenada»?

A sus trece años, Sharbat Gula nos miraba con los ojos asombrados, quizás un poco fieros, de la adolescente nacida en las ásperas montañas de su alta tierra de Afganistán; la criatura que un día se ve sorprendida por un fotógrafo que le parecería un ser extraño, algo impertinente, venido de Dios sabría dónde, a descubrirla de súbito, como quien descubre a una cervatilla desprevenida que sale a la linde de un bosque. La tez aún lozana de la muchacha-niña, sus rasgos todavía tiernos, no harían presagiar los dramas que llegarían con el tiempo. Tiene las pupilas muy cerradas, como defendiéndose, acaso, de la luz, lo que torna más verdes sus claros iris, que tanto impresionaron a Steve McCurry, el fotógrafo-pintor de esos dos cuadros soberbios que cuentan en silencio toda una vida breve pero terrible y el drama de un pueblo desdichado. Diecisiete años después, Steve McCurry, perseguido por el recuerdo imborrable de aquellos ojos verdes y habiéndolos perseguido él mismo, a su vez, en una emocionante búsqueda, los ha vuelto a encontrar al fin, retornada su dueña a Afganistán, en las montañas de Tora Bora, en donde una segunda guerra dejó oír hace poco su mortal estruendo. Tras encuentros fallidos, hallazgos falsos, un amigo providencial ha podido poner al fotógrafo ante la verdadera Sharbat Gula. «Es ella», se dijo al instante, sin dudar. Y volvió a fotografiar los ojos mágicos, sin «burka» que los velara.

(Este pobre artículo debiera ser leído teniendo enfrente las dos fotografías. Ellas son las que valen; y el conocido dicho periodístico sí que es verdad ahora: «Una imagen vale por mil palabras...»)

Y ahí están los iris verdes que componen una mirada aún fiera, pero en la que se resume la historia de una mujer que, siendo niña, perdió a sus padres en un bombardeo, peregrinó en éxodo por la montañas más ariscas del mundo, bajo la nieve, sin abrigo, casi descalza, tiritando de frío; trabajó inhumanamente, sufrió, se casó en la adolescencia, tuvo cuatro hijos, uno murió, vio la vida a través de una rejilla tupida, no sonrió a nadie que no fuera su marido, apenas habló, enfermó de asma; y pertenece a un pueblo en desgracia que a lo largo de veintitrés años ha perdido un millón y medio de seres, muertos violentamente, y ha lanzado a todos los caminos del destierro a tres millones y medio de refugiados.

Los ojos de Sharbat Gula siguen siendo bellos aunque el verdemar se ha oscurecido un poco de tanto ver horrores. En su mirada algo dura de hoy se percibe un mundo de tristeza, de melancolía, de espantos, frustraciones y rechazo de las injusticias sufridas. En su tez se ven las marcas de los soles implacables, los fríos glaciales, los vientos, las arenas hirientes. Las pupilas no están casi cerradas como las de la niña ante la luz de la adolescencia, sino abiertas como para ver lo que apenas pudo ver, como para entender mejor, o para desconfiar del extranjero que llegó ante ella. Es la suya una mirada desconsoladora, que nos turba; una mirada-enigma que no nos permite apartar de ella la nuestra. Y cuando el fotógrafo, queriendo saber algo del enigma le pregunta cómo ha sobrevivido a todo, ella responde con inconmovible certeza»: «It was the will of God». Así termina el texto con el que Cathy Newman pone pie a las fotografías de Steve McCurry.

Ojalá Dios haga que Sharbat Gula vea desde ahora, con sus bellos, tristes ojos, una vida mejor; una vida que le haga sonreír no sólo ante su marido, y ante Robina, Zahida, Alia, sus criaturas, sino ante una tierra mejor, en paz; y ante unas gentes que la amen y a quienes amar; ante una simple flor de un risco agreste de Tora Bora.

Los ojos verdes de esta historia nos inspiran una inmensa piedad, pero lo tremendo es que no serán solamente los ojos de Sharbat Gula, muchacha afgana, sino que serán los de millones de mujeres, con frecuencia casi niñas, que a lo largo del vasto y conturbado mundo de hoy, habrán visto, estarán viendo, los horrores de nuestro tiempo. No sólo las mujeres, naturalmente, también los hombres; pero uno piensa que, sobre todo en lo que hemos dado en llamar el Tercer Mundo, son las mujeres las más dolientes, las más vulnerables -aunque a veces su naturaleza física sea recia- por el abandono, la discriminación, el desprecio, la ignorancia de lo que ellas son verdaderamente, las leyes absurdas, las costumbres bárbaras. Detrás de las guerras, las revoluciones, las hambres, los éxodos, la tragedia de los hijos muertos, la juventud y la belleza pronto perdidas, se encuentran, silenciosas, negada su palabra, indeciblemente sufridas y sufrientes, millones de mujeres.

Ojos verdes o negros, pardos o azules; ojos que nos atraen: no hagamos sólo versos fáciles ante ellos. Miremos más profundamente a esos ojos de mujeres desconocidas ignoradas, de las que casi nada sabemos pero que esconden infinidad de tragedias. Ellos nos piden otra manera de mirarlos, porque muchas veces, demasiadas veces, detrás de unos ojos -verdes, negros, pardos...- hay el drama de una vida insospechada. Como detrás de los ojos de Sharbat Gula, muchacha afgana.