«LA DONNA È MOBILE...»

Por M. MARTÍN FERRAND/
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MIENTRAS, para la desesperación de Pedro Solbes, la deuda de las Comunidades Autónomas sigue creciendo, y ya alcanza la alarmante cifra de 42.280 millones de euros, algunos departamentos ministeriales, en los que tiende a identificarse poder con gasto, viven la frustración contenida del Presupuesto. Ahí tenemos a la ministra de Fomento, Magdalena Álvarez, que, después de dejar como un solar los planes acometidos por Francisco Álvarez-Cascos, se duele y lamenta de no poder despilfarrar a troche y moche. Dice ese tesoro que Manuel Chaves le colocó en la vitrina ministerial a José Luis Rodríguez Zapatero que «no puede permitirse el lujo» de suprimir el peaje de las autopistas actualmente existentes porque ello le supondría al Estado un coste de 16.000 millones de euros.

Si algún día, ojalá, dejaran de existir las distancias que van de los ricos a los pobres, éstas volverían a surgir a nada que se instalara en el poder un Gobierno socialista. La vocación igualitaria, en muchas ocasiones, tiende a obnubilar la capacidad de raciocinio y siempre habrá una Magdalena Álvarez que, arrebatada por las ansias de justicia social, termine por preconizar la injusticia de que paguen los justos por los pecadores. Lo mejor de las autopistas de peaje reside en que su construcción y mantenimiento se hace con cargo exclusivo para sus usuarios, sin tener que recurrir a los impuestos que satisfacen, también, las clases pasivas y quienes, generalmente menos dotados de recursos, apenas se alejan dos palmos más allá de sus ciudades, o pueblos, de residencia.

Las autopistas de peaje, tanto más denostadas por quienes más las disfrutan, fueron en su momento un procedimiento para dotar el país de unas infraestructuras viarias que nos hacían mucha falta y es lástima que no se construyeran más. Hoy sirven para complementar, desde la inversión privada, los planes de Gobierno que no pueden ser alcanzados con la prontitud deseable con los recursos disponibles. Cada uno de sus kilómetros se paga y amortiza con la tarifa que abonamos -personalmente, con agrado- quienes por razones de trabajo o gusto solemos ir de un sitio para otro. Lo único que hay que lamentar es que la red no sea lo suficientemente densa para que, por ejemplo, viajar de Madrid a Santander no sea una aventura tan arriesgada como primitiva e incómoda.

Afortunadamente, Magdalena Álvarez, pobrecita, «no puede permitirse el lujo» de convertir en gratuitas las autopistas que hoy son de pago. Eso que salen ganando los españoles menos afortunados, aunque ello traiga el problema añadido de que Rodríguez Zapatero, como si fuera el duque de Mantua en Rigoletto y a la vista de los caprichos contradictorios de su nutrido gineceo de Gobierno, tenga que pasar el día cantando eso tan bonito de «la donna è mobile / qual piuma al vento...». Cuatro años en tal actividad pueden terminar por producirle una misoginia incurable, pero todo sea por lo paritario y en aras del talante.