El doble revés del periodismo y la tesis

La mención colateral de Gabo siempre es un Jordán purificador de cualquier acometida

Ramón Pérez-Maura
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Cuesta imaginar mayor cinismo periodístico que el del tantas veces admirado colega Juan Cruz en su columna «El revés del periodismo y la tesis» (El País, 17-IX-2018. pág. 17). Denuncia «la destrucción del valor supremo de la prensa (y de la política): la verificación de los hechos». Es evidente que es mejor lanzar esa acusación desde un diario impreso, donde la respuesta le llega 48 horas más tarde por esta vía, que desde una radio o una televisión donde le hubiera podido restregar docenas de párrafos plagiados. Pero él tenía la comodidad de la distancia de seguridad. «Sánchez fue acusado de plagio. Sin comprobación alguna», nos espeta Cruz. Perdón. Con todas. Moléstese en desmentir una a una las pruebas que ha presentado ABC. Pero no lo hace porque no puede. Y habla de «linotipias proclives» –es lo que tiene mirarse en el espejo cuando te vas a sentar a escribir– antes de afirmar que «el batiburrillo creado sirve a la confusión en la que prospera la mentira». Juan, antes de acusarnos de mentir, piénsatelo dos veces. Especialmente cuando dos líneas más abajo afirmas que Sánchez «puso en abierto» «tarde» su tesis. No, Juan. Sánchez mintió en las Cortes Españolas y dijo que estaba disponible en la red. Y tú sabes que no lo estaba. Pero has preferido encubrir la mentira del presidente. Ésta y otras. Hay veces en que para salvar el cuello, cuando se lo han cortado a tantos colegas, hay que humillarse. En los gulags del estalinismo sabían mucho de esto. Y Juan Cruz, que es un gran lector, sabe a qué se arriesga quien se atreva a plantar cara.

Vuelve Cruz en su columna con los llamados «instrumentos de verificación», que es el epítome que se ha atribuido a este procedimiento para falsificar resultados. Y armado con ellos afirma que «lo que sí ha sido corroborado es que no hubo plagio». Falso. Esos «instrumentos» no te pueden decir eso, y menos con un 13 o un 17 por ciento de coincidencias. Esos instrumentos te muestran coincidencias calcadas, pero un plagio no se puede contrastar por esa vía, porque el cambio de tiempos verbales o palabras sueltas, no digamos de la estructura de la frase, permite un plagio perfecto. Pero Cruz necesitaba una autoridad de las páginas de «El País» y lo encontró: «Sin embargo, retorciéndole el cuello al cisne, pero no para las buenas intenciones que aconsejaba el redactor jefe de García Márquez, periodistas de alto nivel de colesterol cínico siguieron buscando el plagio y el negro». Lo del «negro» Cruz sabrá a quién se lo dice. Pero a la mención colateral de Gabo, siempre un Jordán purificador de cualquier acometida, hay respuesta. Ya se sabe que en «El País» consideran que sólo los suyos están en poder de la verdad. Los que nunca hemos cruzado ese umbral somos impuros. Pues permítame una cita de un colaborador de «El País» durante lustros, siempre jaleado desde sus páginas como un archimandrita del saber, autor de numerosos ensayos sobre semiótica, estética, lingüística y filosofía. Se llamaba Umberto Eco. Él publicó «Cómo se hace una tesis» (Gedisa editorial, 1997) y en la página 199 dice algo que le va al guante a la falsa tesis de Pedro Sánchez: «Tenéis que estar seguros de que los fragmentos que copiáis son verdaderamente paráfrasis y no citas sin comillas. En caso contrario cometeríais un plagio. Esta forma de plagio es bastante común en las tesis. El estudiante se queda con la conciencia tranquila porque antes o después dice, en una nota a pie de página, que se está refiriendo a ese autor determinado». Ánimo Juan. Ahora a rebatir a Eco lo que le jaleaban cuando estaba vivo y escribía en «El País».

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