Hermann Tertsch

La discriminación ideológica

El totalitarismo izquierdista exige una respuesta urgente en todo Occidente

Hermann Tertsch
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El subjefe del grupo parlamentario del derechista Alternative für Deutschland (AfD) dimitió de su cargo por comentarios en la red tachados de racistas. En 12.000 paginas de chats se encontraron pasajes de 2015 de los que se deduce desprecio racial y disposición a la violencia. Eso ha bastado. Dimite de todo. Eso no le habría pasado aquí a un extremista. Siempre que fuera de Podemos. Con esa militancia en España se puede planear, desear y llamar al asesinato, al paseo, al estrangulamiento o empalamiento de los políticos rivales y no pasa nada. Centenares de tuits con llamamientos a matar, torturar o agredir a rivales políticos fueron publicados por la prensa española. Eran de decenas de líderes comunistas de Podemos, incluida la plana mayor, los llegados de Venezuela donde ahora se tortura y ejecuta extraoficialmente a los discrepantes. Como en sus tuits. Siguieron en los cargos. Siendo de Podemos se puede también asaltar a feligreses con amenazas de muerte. Gratis. Mientras otros, con menos gritos y violencia, protestan contra una política ilegal y separatista y se les condena y mete de inmediato en prisión. ¿Y ese trato tan dispar? ¿Por qué esa obscena y permanente doble vara de medir? El Tribunal Supremo dice que en Blanquerna hubo el agravante de «discriminación ideológica». ¿No la había en el asalto de Rita Maestre? Donde más discriminación ideológica parece haber siempre es en esas sentencias.

La «narrativa de la izquierda» ha alcanzado ya tal hegemonía y desprecio a la pluralidad y la ley que hace difícil la resistencia. Hacer frente al rodillo totalitario y significarse es una temeridad que se paga caro. En este sentido, en EEUU hemos asistido a un esperpento. Una manifestación legal de la derecha a la que se unieron grupos de extrema derecha fue asaltada en Charlotteville por una contramanifestación no legal de la extrema izquierda. Si los derechistas llevaban banderas y palos, los «antifascistas», encapuchados y con cascos, portaban barras de hierro, cuchillos y porras. La extrema izquierda ha tomado el campus de muchas universidades. Las palizas a todo sospechoso de no ser suficientemente progresista son continuas y van en aumento. Los profesores no militantes viven aterrados. Las estatuas de Colón son derribadas con las de otros héroes de la historia de América. Se dispara el odio a la civilización occidental. Eso es parte del legado envenenado de un Obama que fraccionó la sociedad como nadie desde la Guerra de Secesión. El presidente Trump se esforzó por lo contrario. Condenó la violencia de ambas partes. Pues la justa equiparación de Trump entre nazis y comunistas provocó una oleada de indignación hipócrita a la que se unieron hasta necios del republicanismo centrista. De esa derecha cobarde que se asusta cuando puede ganar a la izquierda. España sabe mucho de eso. Aquí la derecha ha asumido el espacio con lo peor de la izquierda, por lo que esta se ha ido al extremismo comunista y antiespañol, donde pedros y pablos se mezclan con separatistas catalanes desbocados y los sabinos y etarras vascos en espera. Huérfanos han quedado los españoles que votaron por abrumadora mayoría a una derecha con un mandato -hoy ya traicionado- para una reconstrucción bajo una idea nacional de libertad, ley, racionalidad y orden, capaz de enmendar los graves errores de las pasadas décadas y reconstruir un Estado viable basado en la ley y la igualdad. La reacción contra el totalitarismo izquierdista bajo el manto socialdemócrata ya está en marcha en muchos países. Aquí, donde ese totalitarismo reúne a todos los enemigos de España, hay tantos motivos para esa reacción liberadora como en cualquier país occidental. Pero mucha más urgencia.

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