Los dinosaurios

Por Adolfo MARSILLACH
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Cada vez me siento más cerca de los dinosaurios. Imagino que es un fenómeno normal en las personas mayores. Con los años, la proximidad del hoy se nos vuelve extraña y agresiva. Las inocentes víctimas del agravio del tiempo nos dolemos de esta situación injusta y buscamos amparo en el amable refugio de nuestros recuerdos. Inevitablemente, nos convertimos en seres de «otra época». Consciente de este lastimoso peligro, procuro escuchar a los jóvenes y acepto las novedades que se producen en mi oficio con buen ánimo y sin sombra alguna de temor. Sé muy bien que el futuro ya no es mío y esta convicción en lugar de entristecerme, me alivia. Por eso, colmado de esperanzador optimismo, me senté la otra noche a ver «La vida es sueño», que había programado TVE para celebrar el Día Mundial del Teatro. Como, por una serie de circunstancias que sería engorroso explicar, no había visto el espectáculo cuando se presentó en Madrid, estaba lleno de curiosidad.

Quiero aclarar que admiro sinceramente a Calixto Bieito. Creo que tiene talento y su desafiante osadía me divierte muchísimo. Es un director que levanta pasiones encontradas y eso siempre se agradece. Por supuesto no es mi intención usurpar las funciones del crítico teatral de este periódico, pero creo que el montaje que Calixto ha hecho de la obra de Calderón plantea algunas cuestiones fundamentales sobre el modo de decir el verso en los escenarios. Es una antigua polémica. Hay quienes opinan que hay que declamarlo siguiendo las normas que impusieron los intérpretes románticos, más atentos a la musicalidad que a su comprensión; otros, en cambio, creen que se debe naturalizar para que el énfasis no enturbie el desarrollo psicológico de los personajes. Tampoco faltan los que optan por una vía intermedia: recitar manteniendo el ritmo interior que la métrica impone, procurando explicar, al mismo tiempo, lo que la acción dramática sugiere. Bieito ha elegido una posibilidad diferente: como el verso le molesta, lo ignora. Si esta decisión la hubiese tomado un tonto, la cosa carecería de importancia y no estaría yo escribiendo estas líneas. Pero Calixto es inteligente y sabe lo que quiere. Sus actores y actrices maltratan a Calderón a propósito y esto es lo que resulta profundamente perturbador. Demuestra algo muy curioso: que se puede interpretar con éxito una obra en verso sin que éste sea el principal soporte del drama. Esta desconcertante realidad abre un variado surtido de interrogantes y descubre un horizonte nuevo: a partir de esta experiencia de «La vida es sueño», todo nos está permitido. El próximo paso va a ser representar a nuestros clásicos en prosa. ¿Por qué no? Aunque algunos dinosaurios como yo no estemos de acuerdo.