La dinastía y la casualidad

Por John ELLIOTT
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Felipe IV y el Príncipe de Gales, como todos los grandes coleccionistas de la Historia, valoraban en extremo las grandes obras del Renacimiento, las pinturas de Tiziano, Veronés, Tintoretto... Tal era su coincidencia en este punto que llegaron a producirse competencias entre ambos. Veremos -y la exposición del Prado lo muestra- que detrás de ese mutuo interés no hay un ápice de casualidad. Lo ilustraré con un ejemplo: en 1627 entra en el mercado la exquisita colección de los Gonzaga, los duques de Mantua. Felipe IV intenta adquirirla para sus colecciones pero es Carlos I de Inglaterra quien se adelanta y la consigue, llegando a convertir aquellas obras en la columna vertebral de su propia colección.

Entonces entra en juego la casualidad, el azar, de la mano de los acontecimientos políticos y las guerras que concluyen en 1649 con la ejecución pública de Carlos I. Es igualmente casual la decisión de la naciente República inglesa de vender los bienes muebles de la Corona británica.

Después, el deseo de acertar por parte de Felipe IV, quien intenta conseguir lo mejor de la colección del Rey difunto, destierra de nuevo la casualidad. Cuenta con la complicidad de don Luis de Haro, quien encarga las compras en Londres a don Alonso de Cárdenas. Así, Felipe IV puede permanecer elegantemente en la sombra, pero conoce exactamente lo que se está haciendo. Y este es el modo en el que se van formando las Colecciones Reales a lo largo de los siglos. A España le esperaban otros periodos dominados por el azar, o la casualidad, como el que abren las guerras napoleónicas, cuando tantas colecciones se dispersan. Es cierto que cada uno de los cuadros que permanecen integrados en las colecciones dinásticas tiene su propia historia, a menudo impulsada por los grandes acontecimientos políticos y por las guerras. Pero lo más fascinante es lo que permanece, a pesar de todo; que, más tarde, gracias a la inteligencia del coleccionista real, el cuadro se refugie en su dominio de la intemperie de la historia. Estarán de acuerdo que hay una gran ironía en todos estos avatares.