La difícil democracia

M. MARTÍN FERRAND
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NO vale la pena gastar tinta y papel en ponderar la absurda iniciativa de IU, de lo que queda de ella, para que el Congreso considere, y en su caso repruebe, las declaraciones sobre el uso del preservativo que hizo el Papa Benedicto XVI durante su último viaje africano. El comunismo español se merecía un final menos ridículo, un mutis más airoso, y no una espasmódica y esperpéntica agonía como la que protagonizan los desorientados náufragos políticos que dicen liderar sus restos. En unas circunstancias como las actuales, con la Nación en quiebra y al margen de las más elementales consideraciones de respeto para con las creencias ajenas, carece de sentido una agresión al jefe del Estado Vaticano.

Sobre lo que vale la pena reflexionar es sobre la disímil conducta de dos de los cuatro representantes del PP en a Mesa del Congreso. Cuando fue sometida a ella la proposición de IU, Ana Pastor y Celia Villalobos aprobaron su admisión a trámite mientras Jorge Fernández Díaz e Ignacio Gil Lázaro se opusieron rotundamente. No han faltado voces tonantes, las de siempre, para descalificar la conducta de las dos ex ministras de Sanidad y, un poco mas allá, se ha querido aprovechar el caso para acusar al PP por su «tibieza» en la defensa de Su Santidad.

Las formas no son algo accesorio para la democracia. La función de la Mesa del Congreso es como las de los guardias que controlan la circulación. No pueden entrar en las intenciones de los conductores de los vehículos. Si una iniciativa parlamentaria cumple sus requisitos formales no corresponde entrar en su contenido. Deben tramitarla, sin más. Así entendido, quienes no obraron con respeto al reglamento fueron Fernández Díaz y Gil Lázaro.

Conviene asimilar la idea de que la integración de las personas en un partido político, el que fuere, no anula su identidad. Los militantes se obligan a la disciplina reglamentaria y a la ideología fundamental, especialmente en cuanto se expresa en los programas de actuación, pero no venden su alma. La costumbre del voto en lote es un mal hábito democrático. Hay asuntos, especialmente los de naturaleza ética, en los que no cabe ni conviene la unanimidad. No es algo que afecte al caso que hoy nos ocupa, de mera formalidad democrática; pero conviene insistir, por si podemos llegar a sanar la enfermedad partitocrática, que el poder reside en los ciudadanos, no en los partidos.