Editorial ABC

La Diada de la discordia

El fracaso en el resultado del 1-O, unido a la inmediatez de la sentencia que deberá dictar la Sala Segunda del Tribunal Supremo, está debilitando el voluntarismo separatista de creer que el Estado acabará cediendo

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Aunque el nacionalismo catalán se mantenga unido en su objetivo máximo de la independencia, la realidad innegable es que sus familias políticas y sociales llegan a la próxima Diada en un estado de división y enfrentamiento. Esquerra Republicana, JpC y las asociaciones separatistas mantienen discursos diferentes, y hasta antagónicos, sobre si investir o no a Pedro Sánchez, mantener o no la vía unilateral hacia la independencia, incluso sobre anticipar o no elecciones en Cataluña. El fracaso en el resultado del 1-O, unido a la inmediatez de la sentencia que deberá dictar la Sala Segunda del Tribunal Supremo, está debilitando el voluntarismo separatista de creer que el Estado acabará cediendo. El PSOE puede que ceda, pero el Estado no.

Por lo pronto, el mito del 11 de septiembre de 1714 ya se resiente de la negativa del constitucionalismo -en el que los socialistas parecen incómodos- a seguir participando en el impostado homenaje a Rafael Casanova, defensor de la monarquía austro-húngara y floreciente profesional bajo el reinado de Felipe V. Ha dejado de ser la rueda de molino que todos tenían que tragar. Hasta Ada Colau ha anunciado que no asistirá a los actos de la Diada, para no recibir más abucheos del nacionalismo, no por defender el orden constitucional, sino por ser ambigua.

Tampoco hay que engañarse con la idea de que el nacionalismo catalán se va a anular a sí mismo, sin una acción política de presión social e institucional que el PSOE no está dispuesto a ejecutar. Los dirigentes nacionalistas están divididos, pero sólo por su liderazgo interno, no por sus objetivos. Además, saben que los dirigentes nacionales del PSOE, por un lado, y de PP y Ciudadanos, por otro, lo están más. Es inconcebible que los socialistas pacten con partidos golpistas que están sentados en el banquillo de los acusados por atentar contra la Constitución. A partir de esta triste premisa, los nacionalistas pueden sobrellevar sus diferencias con una tranquilidad que no deberían tener.