Editorial ABC

El Rey se desmarca de la farsa

El papel moderador de la Corona, regulado y recogido en la Carta Magna, no puede depender del capricho y la soberbia de quienes marcan sus propios tiempos

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Tras despachar con la presidenta del Congreso, que le comunicó formalmente el resultado de la investidura fallida de Pedro Sánchez, el Rey abogó ayer por dar tiempo a las distintas formaciones políticas para que «puedan llevar a cabo las actuaciones que consideren convenientes» antes de intentar la formación de un nuevo gobierno. Don Felipe ni siquiera confirma la celebración de una ronda de contactos antes de septiembre, cuya convocatoria dependerá exclusivamente de la viabilidad de un candidato que cuente con los apoyos necesarios para que el Congreso -señala la Casa del Rey- le otorgue su confianza. Se puede decir más alto, pero no más claro. El fiasco protagonizado por el candidato Sánchez, que el pasado junio salió de La Zarzuela con un encargo del que se desentendió de manera voluntaria e irresponsable, ha llevado a Don Felipe a aplazar sine die la designación de un nuevo aspirante.

En estos días de descrédito institucional, agravado por las formas utilizadas por el PSOE y Podemos para escenificar su desencuentro, la Corona vuelve a situarse como asidero moral de una sociedad que en estas circunstancias parlamentarias, ya recurrentes, aumenta aún más la distancia que la separa de la clase política, sin distingos ideológicos y sin aventar el trigo de la paja. El papel moderador del Rey, regulado y recogido en la Carta Magna, no puede estar al albur del capricho y la soberbia de quienes marcan sus propios tiempos, establecen una agenda que no les corresponde, se sitúan en un plano institucional cuya altura es proporcional a su ambición y, aún peor, dejan para las últimas horas -concebidas como la traca final de una estrategia meramente propagandística- el trabajo que exige la articulación de una mayoría suficiente.

Tras las elecciones de abril, Pedro Sánchez organizó en La Moncloa su propia ronda de contactos, ejercicio de exhibición que no le sirvió para asumir sus propias limitaciones y tomar conciencia de la necesidad de pactos y cesiones a la que su exigua mayoría parlamentaria le obligaba. Ni siquiera el encargo formal de Don Felipe para someterse a la investidura, celebrada esta semana, fue interpretado por Sánchez con la exigencia y el rigor que merece no ya el Rey, sino la nación española a la que representa. Si el secretario general del PSOE aspira a presentarse a un nuevo debate de investidura, como proclama desde la noche del pasado jueves, debe antes hacer examen de conciencia y dejar de utilizar al Rey como un elemento más de su campaña personal. Si quiere llegar a ser presidente del Gobierno tiene que negociar y ceder -quizá con el PP y Ciudadanos- para que, después de retratarse en La Zarzuela, la sede de la soberanía nacional no vuelva a convertirse en el pabellón cubierto para otro mitin político. Para eso tiene Carmen Calvo La Moncloa.