La desconfianza, un agravante de la crisis

MANUEL JIMÉNEZ DE PARGA de la Real Academia de Ciencias Morales y Políticas
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RARO es el momento de la historia en el que algunos pensadores no hayan percibido encontrarse en una crisis. Gramsci solía decir que las crisis surgen cuando «lo que tiene que morir no muere y lo que tiene que nacer no nace»; o sea, siempre. El ser humano vive entre dos creencias, sin sentirse instalado en ninguna de ellas. Ortega nos dejó unas agudas reflexiones al respecto. Pero no toda crisis tiene efectos negativos. Puede salir de ella un futuro mejor. Rodrigo Borja nos recuerda que los chinos, con su profunda sabiduría, escriben la palabra crisis con dos caracteres: uno que significa «peligro» y otro «oportunidad».

Los historiadores registran un total de 15 crisis de la economía, de intensidad variable, a partir de 1780 y hasta finales del siglo XX. La más importante fue la de 1929. La depresión, el desempleo y la pobreza fueron de tal magnitud que Keynes propuso, como solución para reactivar la economía, contratar trabajadores en paro y pagarles un salario solamente «por abrir y cerrar zanjas», pues esa movilización generaría una demanda efectiva de trabajadores que, con su efecto multiplicador, impulsaría el proceso productivo. Se desecharon las fórmulas del «automatismo del mercado» y de la «mano invisible» y se entregaron al Estado los instrumentos necesarios para conducir la economía. Los discípulos de Keynes creen que gracias a esta doctrina se conjuró la depresión.

Sin embargo, economistas notables no aceptan que el keynesianismo resolviese los problemas de aquel complicado momento. Los neoliberales lo creen así. Pedro Schwartz lo expone con gran brillantez. Y no faltan quienes opinan que fue la Segunda Guerra Mundial la que cerró el «ciclo de Kondratieff», usando la terminología de Joseph A. Schumpeter.

Y es que, según el famoso economista austriaco, fue el ruso Kondratieff quien descubrió unos ciclos económicos de larga duración, alrededor de cincuenta años. El que finalizó en 1940 dió comienzos en 1896, con veinte años de expansión y los restantes de contracción.

Todas estas meditaciones sobre la evolución de la economía nos llevan a la conclusión siguiente: es posible advertir, con anticipación suficiente, que se acercan días de dificultades, o, si se prefiere, que la crisis económica está a punto de llegar. Los políticos -o determinados políticos- se resisten a admitir algo que, en la presente situación del mundo, resulta inevitable. Podría ser el mencionado «ciclo de Kondratieff», de larga duración, o los «ciclos Juglar» y «ciclos Kitchin» mucho más cortos.

En España se intuía desde el año 2003, por lo menos, que iba a desencadenarse la crisis económica. En las reuniones semanales de la Real Academia de Ciencias Morales y Políticas se anunciaron los males que nos esperaban. El académico Jaime Terceiro lo vaticinó en una ponencia del mencionado 2003, y luego insistieron en el diagnóstico nuestros mejores especialistas, entre ellos José Barea, como ha recordado Juan Velarde. ¿Por qué, entonces, desde el Gobierno se negaba lo que ya se sabía?

Las crisis económicas, que pueden y deben ser anunciadas en el momento oportuno, agravan la situación cuando van acompañadas de una crisis de confianza respecto a quienes están en los puestos de mando. Hace unos días en nuestra Academia el profesor García Delgado, rector honorario de la Universidad Internacional Menéndez y Pelayo, destacó con acierto la importancia de la confianza en el quehacer económico: «La confianza -dijo- está en la base de los comportamientos de los mercados; la confianza es el antídoto de la incertidumbre y el lubricante del emprendimiento; la confianza tiende puentes e invita a la negociación y al acuerdo... En política económica, suscitar confianza es determinante, y si es deseable en la bonanza aún lo es más en la adversidad...».

Resulta fundamental la confianza en todos los gobernantes, pero de forma especial en aquellos que pretenden controlar el discurrir de la economía. Si se acepta que «el mejor gobierno es el menor gobierno» -en la orientación doctrinal de Adam Smith- la confianza no tiene el mismo valor que la exigida en la realización de los programas políticos antiliberales, donde se sostiene que las fuerzas del mercado son absolutamente insensibles respecto de la justicia social, la protección del medio ambiente, la defensa de los recursos naturales, el fomento de la cultura y otra serie de valores que se relacionan con el desarrollo humano de los pueblos. Estas preocupaciones no entran -aseguran- en la agenda de las fuerzas del mercado. La promoción de tales valores requiere una acción deliberada y eventualmente coercitiva de la autoridad pública. La confianza en tal caso resulta imprescindible.

Aconsejable es que se adopten las medidas oportunas para superar la presente crisis. Pero el ciclo tendrá la duración de los ciclos de Kondratieff, o se acortará en el tiempo si los que mandan cuentan con la confianza de los ciudadanos.

Cuestión distinta es la aceptación como inevitable de la decadencia de determinadas maneras de ser y de pensar. Los historiadores destacan la caída de Atenas y de Roma. También se considera que el Estado, como una forma de organización jurídico-política, fue la tabla de salvación de los europeos ante la inseguridad que originó el fin de la Edad Media. Y a finales del siglo XVIII se habla de una nueva «crisis de la conciencia europea», sin olvidar el «nihilismo europeo» denunciado por Nietzsche.

Resultó inquietante la leyenda sobre los temores del año mil. Fue uno de los momentos en los que la Humanidad se encontró más oprimida, más angustiada. Lo recuerdo ahora para dar ánimos en la actual crisis. Algunos historiadores urdieron el tapiz de una leyenda, que llegó a aceptarse ampliamente. Nos aseguraron que los hombres del siglo X habían abandonado las labores sustentadoras de la vida y habían huido en sumisos rebaños al sosegado y milagroso secreto de los claustros. Ortega lo recordaba así: «Nacida en el siglo XV, esta leyenda ha pasado entre las manos de todos los que han escrito historia medioeval, y precisamente los de pluma más poderosa se han complacido en detenerse junto a ella y enriquecerla con nuevos fantásticos detalles. Así se explica que, teniendo una falta absoluta de comprobación, esta tradición se haya perpetuado y hasta hace muy poco no hay sido anulada. Lo extraño es que hombres tan escrupulosos y pausados en sus frases como Taine, la hayan aceptado».

En la presente sociedad de la intercomunicación, los antiguos temores adquieren otro sentido y un alcance distinto. Ya somos ciudadanos del mundo. Las viejas fronteras han sido prácticamente eliminadas. Sin embargo, continúa siendo esencial la confianza en quienes nos imponen las normas que encauzan la nueva convivencia. La desconfianza agrava las crisis económicas -según apunté antes- y la desconfianza deteriora a cualquier régimen político.