El derecho a leer

Laura Campmany
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Ya habrán oído que la SGAE se propone cobrar a las bibliotecas públicas 20 céntimos por libro prestado, y que varios gobiernos y empresas se oponen a que Google cree la mayor biblioteca virtual del mundo, esa especie de hexágono borgiano donde lo encontraríamos todo sin necesidad, gracias a las nuevas tecnologías, de perdernos eternamente en un laberinto de anaqueles. Son, bien mirados, términos opuestos. Con lo primero, se pretende proteger los derechos de los autores. Con lo segundo, impedirles librarse de los intermediarios.

Pero si la lectura se tasa y mercantiliza, si deja de ser un bien garantizado para convertirse en un producto de consumo, cegaremos el túnel que conduce, sin distinción de clases o recursos, a otro derecho más inalienable: el que tiene a aprender y a completarse, a ilustrarse y a ser rico por dentro, hasta el más desprovisto ser humano. Leer no es un placer, sino una maravilla. Yo me voy cada noche de viaje a un mundo nuevo, a un libro que me arañe con su amor y su pena. Y no le dejo un euro en la mesilla.

Leer es un derecho porque hay dos nacimientos. Uno, cuando te dan el golpe de la vida, y te entra en los pulmones el aire de tu siglo, y otro cuando descubres que todo está a tu alcance, cifrado en esas letras cargadas de sentido que duermen, como prismas luminosos, en los estantes de las librerías. Escribir, por supuesto, es un trabajo, pero, una vez cobrado, no hay quien le ponga puertas a lo escrito. Como han nacido para ser prestados, yo no sé a ustedes, pero a mí los libros me gustan sólo en forma de regalo.

DESDE MI BUHARDILLA