Democracia y transparencia informativa

Por LUIS IGNACIO PARADA
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LA libertad de impresión no apareció hasta 1695, cuando el Parlamento inglés derogó la Licensing Act que obligaba a obtener un permiso real para establecerse como editor. Es verdad que otras formas de control -el impuesto sobre el papel, las leyes de Correos y Timbre, las presiones de los gobiernos, la banca o la publicidad- han tardado mucho más en desaparecer o sobreviven de forma subrepticia. Pero hoy esa libertad de prensa se ha convertido en el aire que respiramos. Recogida en las Constituciones como derecho de los ciudadanos a informar y ser informados es uno de los pilares de la democracia. Y no sólo ha desaparecido el control jurídico sobre la libre expresión de ideas -que ha quedado limitado a las leyes sobre libelo, derecho al honor, a la intimidad y a la protección de la infancia- sino que la crítica política, económica, religiosa, filosófica y personal que esa libertad permite nos ha llevado a considerar absolutamente normal lo que hasta hace tres siglos era imposible: la obligada transparencia informativa de los poderes públicos, las empresas, las instituciones.

Esa transparencia, voluntaria en unos casos, forzada en otros es la que ha permitido que las decisiones de los Parlamentos, los Gobiernos y hasta los particulares puedan ser debatidas en los medios de comunicación por cualquier ciudadano bien o mal informado: es algo inevitable, irreversible y progresivo. Por eso el Príncipe Felipe convocó ayer una rueda de Prensa: para dar cuenta de algunos pormenores de su anunciado enlace y posar junto a su prometida, Leticia Ortiz. Es el signo de los tiempos, no puede nadar contra corriente y tiene desarrollado el instinto de su responsabilidad como heredero de la Corona. Sabe que, además de algún sacrificio personal que ya ha ofrendado, en aras de esa libertad de prensa debe hacer algún gesto de trasparencia para hacerse perdonar sus privilegios.