Del dedazo al gatillo

La pistola no está cargada con balas, sino con fotos, grabaciones o amenazas. El miedo desempeña un papel crucial

Isabel San Sebastián
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Todo el debate se resume en esta sentencia inapelable: al final, solo puede quedar uno. O una, que viene a ser lo mismo y resulta bastante más probable en el caso que nos ocupa. El sistema del dedazo, empleado por el PP con mayor o menor sutileza desde 1990 hasta hoy, liquidaba cualquier competencia en origen y ponía directamente en manos del presidente de turno la decisión de perpetuarse o designar a la persona llamada a sucederle. El método del gatillo, que será el utilizado en esta ocasión, es más cruento. En apariencia se trata de transferir a la militancia la capacidad de escoger al nuevo líder entre los candidatos que cuenten con un respaldo mínimo, manifestado en forma de avales. Digo bien en apariencia. En realidad, es una carrera mortal en la que los contendientes no tienen más opción que matar o morir y con frecuencia acaban muriendo, asesinados, después de haber matado a unos cuantos.

Hablo en términos metafóricos, por supuesto. Me refiero a muertes políticas. La pistola empleada en esta lucha no está cargada con balas de plomo, sino con material más difuso, como papel fotográfico, dosieres, grabaciones o simplemente amenazas. La munición principal de esta guerra es la información susceptible de dañar al contrincante. Los participantes en la pugna saben cuáles son las reglas despiadadas de este juego, donde poco protagonismo se deja al honor, la limpieza, la democracia o el mérito. Aquí gana generalmente el mejor armado, que suele ser quien demuestra tener menos escrúpulos y posee mayor capacidad de infundir miedo en el contrario. Porque el miedo desempeña un papel crucial en esta perversa partida. Miedo a ser puesto públicamente en la picota por cualquier asunto pasado oportunamente desenterrado. Miedo a perder tu posición en el aparato local del partido si respaldas con tu firma al candidato perdedor. Miedo al ERE parlamentario que vaticinan las encuestas, agravado por la criba que efectuará el vencedor entre quien haya equivocado la apuesta atreviéndose a plantarle cara.

De los siete aspirantes a relevar a Rajoy, seis se quedarán por el camino y dos ni siquiera han tomado la salida. Núñez Feijóo porque ha renunciado a correr, consciente de que hacerlo implicaba meterse de lleno en un campo plagada de minas, azotado por el «fuego amigo». Cifuentes porque le cortaron las piernas hace apenas unas semanas. Margallo es un combatiente un tanto especial, que no persigue tanto la victoria cuanto la oportunidad de expresar alto y claro su opinión (mejorable) sobre Sáenz de Santamaría. Ésta se las verá realmente con Cospedal y Casado, suponiendo que a él no le ocurra un «accidente» (repito que metafórico) antes de que el 5 de julio se coloquen las urnas en las sedes. Entonces sabremos si el voto secreto ayuda a oxigenar un poco el aire o prevalece, como es previsible, la ley del más malo (o mala).

La batalla, en todo caso, no empezó con la moción de censura y la espantada del censurado, sino mucho antes. Hay quien lleva años haciendo acopio de armamento mientras otros trabajaban duro para ganar elecciones. La ambición que mueve la mayoría de estos hilos no se proyecta sobre el futuro de España o el bienestar de los españoles, sino sobre el control de un partido que Rajoy heredó intacto y hoy está hecho jirones, como lo está, en buena medida, la nación a la que dice servir. En las filas del PP empieza a circular una frase que acaso lleve a más de uno a replantearse la papeleta: «Quienes nos han traído hasta aquí no pueden seguir mandando».

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