Declive de la ultraderecha

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Las elecciones locales parciales celebradas el pasado domingo en Austria y Alemania confirmaron la hegemonía de las dos grandes opciones políticas tradicionales: el centro-derecha y la socialdemocracia. Pero las consultas en Viena y en dos Estados germanos también dejaron una buena nueva: el declive de la extrema derecha, lo que viene a confirmar que sus ciclos de protagonismo o irrupción en la vida pública obedecen a causas coyunturales. Aunque es innegable que la ultraderecha tiene un estrato social que la sustenta, en algunos casos casi residual, el éxito puntual en algunas elecciones es un fenómeno efervescente y de carácter temporal.

El castigo popular a los mensajes xenófobos y radicales se ha repetido felizmente en la última semana en tres países de la UE. Primero fue en Francia. El derrumbe de la extrema derecha, que cobró un peligroso protagonismo en la época dorada de Le Pen, confirmó su pérdida de influencia en muchas de sus ciudades emblema, en beneficio de los dos grandes partidos. Los comicios en los «lander» alemanes de Renania-Palatinado y Baden-Wurtemberg ratificaron esta tendencia iniciada en Francia. La noticia que más alegría despertó en la noche electoral fue el varapalo a los republicanos, una formación ultraderechista que tenía catorce diputados en Baden y que el domingo no alcanzó el 5 por ciento necesario para obtener representación.

Pero sin duda el acontecimiento más llamativo fue el contundente correctivo aplicado por el electorado vienés al ultra austriaco Jörg Haider y a su llamado Partido Liberal. El FPÖ registró su peor derrota de los últimos quince años, al perder nada menos que la cuarta parte de sus votantes. El contundente revés ha dejado mudo a Haider y marca su ocaso y la ruptura del mito de su invencibilidad. En quince años, Haider hizo del FPÖ el partido de ultraderecha más importante de Europa y lo llevó al mismísimo Gobierno federal, en coalición con los conservadores del canciller Schüssel. La agresiva campaña antisemita que Haider encabezó en Viena se ha vuelto en contra él. Cansados de mensajes tremendistas, los austriacos han abierto otro ciclo político y el lustroso Haider empieza a palidecer. El canciller teme ahora una radicalización del discurso de su cáustico socio, que pondría en grave peligro a la coalición de Gobierno. Es la reacción refleja que adopta todo extremismo cuando sufre un desaire democrático.

No obstante, cabe recordar que el partido de Haider obtuvo el 20 por ciento de los votos, una bolsa significativa, y que hay movimientos ultras emergentes en países como Bélgica, en especial entre los flamencos, que airean un acusado tono nacionalista. Es preciso, pues, estar vigilantes para no dar motivo a esas bruscas oscilaciones del voto —fruto en gran parte de la desconfianza hacia la clase política y del hartazgo que a veces produce— y que se conviertan en un botín en manos de opciones destructivas y demagógicas.