Debate y transparencia

Un debate de primarias no es sólo para compromisarios. Se trata de defender ante la nación un proyecto de liderazgo

Ignacio Camacho
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En el debate de las últimas primarias del PSOE, los españoles aprendieron que Pedro Sánchez no sabía lo que es una nación, laguna que sin embargo no le impidió vencer en las urnas a los otros dos candidatos. Aquel cara a cara, que tuvo momentos bastante ásperos, no fue un ejemplo de discusión de ideas ni tuvo demasiada influencia en el resultado, pero sí resultó un ejercicio de comparación transparente ante los votantes socialistas y ante todo el electorado. Porque cuando un partido elige a su primer dirigente en un proceso democrático, no sólo es a sus afiliados sino a la nación entera a la que ofrece su vocación de liderazgo.

En el PP hay una desconfianza visceral sobre este procedimiento. Su cultura orgánica no cree en él y de ahí las cautelas de su retorcido diseño, esa doble vuelta censitaria que le resta legitimidad al método. Todo hubiese sido más fácil si la votación se hubiese repetido una semana después entre los dos aspirantes y por sufragio directo, sin la intervención de esos compromisarios cuya decisión estará inevitablemente rodeada de un aire de conciliábulo palaciego. Pese a todo, lo que los populares no pueden olvidar es que esta elección no constituye un asunto exclusivamente interno porque lo que proponen es la forma de conducir un modelo de sociedad implícito en la candidatura a la Presidencia del Gobierno. Y eso, aunque lo decidan lógicamente entre ellos, ha de resolverse a la vista de los ciudadanos destinatarios del proyecto. Es una cuestión de conceptos: la política contemporánea sólo se entiende desde un criterio participativo o, cuando menos, despejado, verificable y abierto. Ésa es la razón por la que el careo entre los dos pretendientes tiene que producirse en algún momento. Porque se trata de un examen público, de un cotejo al que los electores, y desde luego los delegados y militantes de la organización, tienen derecho. Preferiblemente antes y en todo caso durante el mismo congreso.

Fuera del partido, y acaso también dentro, mucha gente desconoce las diferencias reales entre Santamaría y Casado. Si no las exponen de modo definido y claro quedará ante los españoles la sensación de que el duelo se va a resolver por las siempre oscuras maniobras de aparato. Por las expectativas de ir o no ir en las listas, por lazos personales o por el papel de cada cual en la futura estructura de mando. Esa clase de intereses opacos, a menudo inconfesables, que desprestigian la nobleza de la política y la encierran en un halo de desencanto. Lo último que dos postulantes a dirigir un partido de Estado deben demostrar es miedo al diálogo.

Por eso tienen que debatir, hablarles a los suyos y a todos los sectores del centroderecha. Sin temor a los mutuos reproches ni a la exhibición de sus discrepancias y flaquezas. Con la convicción de que la unidad no se construye desde el silencio, sino desde la transparencia.

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