Davos y la culpa de la pobreza

Por LUIS IGNACIO PARADA
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DECÍA un humorista español del siglo pasado que «el dinero nunca estará bien repartido porque nadie piensa en cómo repartirlo sino en cómo apropiárselo». Seguramente no lo han leído los dirigentes que este fin de semana se han reunido en Davos para aportar ideas que permitan consolidar el crecimiento económico, aumentar el empleo y elevar el nivel de vida de la población mundial. Los 30 jefes de Estado o de gobierno, 80 ministros y un millar de empresarios allí presentes han estado de acuerdo en que las economías no podrán reactivarse de manera sostenida si no se resuelve el problema subyacente de la pobreza y se mejora la seguridad, puesta en peligro por el terrorismo.

Aceptemos que no son la fatalidad ni la suerte las responsables de la pobreza o la riqueza de las naciones; que la libertad individual, el esfuerzo colectivo y la asunción de riesgos son los que justifican el beneficio; que la competencia crea y distribuye mejor la riqueza que los gobiernos. Pero, como decía Adam Smith hace dos siglos y cuarto, «carecemos de leyes contra las confabulaciones para disminuir el precio del trabajo, pero poseemos muchas contra las confabulaciones para aumentarlo». Eso es lo que explica que las 225 personas más ricas del mundo acumulen una riqueza equivalente a la que tienen los 2.500 millones de personas más pobres que son el 47 por ciento de la población mundial. Por eso, hoy, los problemas económicos siguen teniendo su origen en los 162 conflictos bélicos que se han producido desde finales de la I Guerra Mundial, de las satrapías y las dictaduras pero, también, de la confabulación para sustituir empleo por tecnología, de la manipulación del precio del trabajo y las materias primas y del neoproteccionismo que se solapa con algunos efectos indeseables de la globalización. Va a haber que aceptar el viejo proverbio chino que dice: «Cuando el dinero habla, la verdad calla.»