La Cumbre y el liberalismo

Por Ignacio SÁNCHEZ CÁMARA
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Ayer se incorporaron los jefes de Estado y de Gobierno a la Cumbre de Johannesburgo. El primer logro es, aparte de la decisión de dedicar más dinero al desarrollo de los países pobres, el compromiso, si bien vago, de Estados Unidos de ratificar el protocolo de Kioto. El país más rico del mundo es, precisamente por ello, el que más contamina en términos absolutos, lo que no quiere decir que sea el que menos medidas adopte para proteger el medio ambiente.

Cuando está en juego el futuro de la humanidad, las ideologías deben pasar a un segundo plano. La mayoría de los foros humanitarios y de las organizaciones no gubernamentales suelen profesar el antiliberalismo. Reprochan a la libertad la génesis de la miseria, omitiendo las responsabilidades del «neosocialismo silvestre». Quizá convenga devolver los calificativos. La realidad desmiente a la ideología. El mapa del bienestar coincide con el de la democracia y el liberalismo. A pesar de eso, abundan quienes culpan a la libertad de los males. Para ello sirve la teoría de la explotación. El bienestar de los ricos nunca se debe a sus aciertos sino a la miseria ajena. Pero en los casos aducidos lo que hay es una ausencia del liberalismo. Tributo a la verdad es el que han rendido los que exigen el fin del proteccionismo de los países ricos para aliviar la miseria de los pobres. Lo sepan o no, lo que reclaman es liberalismo. Cuando calla la retórica resplandece la verdad. La mayoría de las imputaciones que se hacen al liberalismo o al capitalismo, como la corrupción o la explotación, se refieren a situaciones en las que fallan las libertades y los controles políticos. La idea de un «capitalismo salvaje» expresa una contradicción en los términos y un puro argumento ideológico. La prosperidad liberal, naturalmente con desigualdades e injusticias, es una realidad. La eliminación de la miseria por obra del socialismo es una falacia inédita. No hay un solo caso. En general, más que odiar a los países ricos, los pobres debieran imitarlos. La retórica socialista no remedia los males de los pobres sino que más bien les alienta a odiar lo que podría contribuir a aliviar su miseria. Algunos enriquecimientos se generan a expensas de la pobreza ajena, mas no todos.

Las ayudas necesarias y justas a los países pobres deben ir acompañadas de la exigencia de transparencia y libertades y del control de sus políticas económicas. La financiación de las tiranías no constituye una ayuda a los pueblos oprimidos. Por otra parte, la adopción de controles que impidan la destrucción de la Tierra no constituye una exigencia anticapitalista sino un imperativo moral.