Cultura de izquierdas

Por JAIME CAMPMANY
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DICEN -y escriben- que Alberto Ruiz-Gallardón, probable alcalde de Madrid tras las próximas elecciones, está ya perfilando su equipo y desea incorporar a una relevante personalidad de la izquierda para que desempeñe la Concejalía de Cultura. La cultura, en cuanto se hace militante de la izquierda, de la derecha, del centro sociológico, del centro reformista, del centro democrático o de la Federación Anarquista Ibérica, o de la Liga Revolucionaria, empieza a dejar de ser cultura y termina en el sectarismo y en la indigencia científica, literaria y artística. La cultura militante se convierte en «kultura» y cuando alguien hace política con ella, lo mejor que se puede hacer es sacar la escoba y el cubo de la basura.

Lo primero que hay que hacer con la cultura para que siga siendo cultura es alejarla de la política y mantenerla incontaminada de entusiasmos de partido. Admirar a Picasso, a Neruda o a García Márquez por el hecho de ser de izquierdas, es una estupidez semejante a la de desdeñar a Marañón, a Pérez de Ayala o a Miguel de Unamuno por ser republicanos, a desterrar la prosa de Eugenio Montes, de Rafael Sánchez Mazas o de García Serrano por ser falangistas, o la de Pemán por ser monárquico. Yo he leído con pareja admiración el Canto a Stalingrado («Guárdame un trozo de violenta espuma, guárdame un rifle, guárdame un arado, y que los pongan en mi sepultura junto a una roja espiga de tu Estado...», etc.) y «Capital de la Gloria» de Rafael Alberti, que el «A.M.D.G.» de Pérez de Ayala, «Madrid, de corte a checa» de Agustín de Foxá, «La fiel infantería» de García Serrano o el «Amadís» de Angel María Pascual.

Cuando a la cultura la mira un tuerto, lo mismo si es del derecho que del izquierdo, el tuerto se queda tonto y la cultura se queda maltrecha. Por eso me preocupa que Ruiz-Gallardón busque, a priori, «una personalidad relevante de la izquierda» para su Concejalía de Cultura. Me preocupa tanto como si la personalidad buscada fuese de derechas. Cuando un político entrega el fomento y el impulso de la cultura a la derecha, para hacer cultura de derechas, la cultura se hace cerril, y cuando la entrega a la izquierda, para hacer cultura de izquierdas, se hace sectaria. Desgraciadamente, aquí, en Celtiberia Show, tenemos múltiples ejemplos de lo uno y de lo otro. Por eso, a veces, termina uno por pedir que los políticos dejen en paz a la Cultura, que no la ordenen, que no la protejan, que no la subvencionen. O sea, que no la jeringuen, la joroben o la escoñen. Aquí, en estos páramos, la cultura ya tiene demasiados sectarismos para que encima vengan los políticos con los suyos.

Por otra parte, no sé si Ruiz-Gallardón tiene mucho donde elegir. No creo que acepte Alfonso Guerra, lector de las «Obras Completas» de Lope de Vega y admirador de los «mascarones de popa» de Neruda; tampoco Rosa Conde, renovadora de los verbos irregulares y descubridora de la insospechada común identidad entre el filósofo Tomás Hobbes y el santo Job. Le quedan Joaquín Leguina, Ramoncín, Boris Izaguirre y poco más.