La cultura española

Por Juan Pablo Fusi
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COMO es sabido, de un tiempo a esta parte la cultura española es objeto, al menos en la prensa, de polémicas y debates. El hecho tiene mucho interés. No se trata, como resulta obvio, de una cuestión banal. Ortega definió cultura como «el sistema vital de las ideas de cada tiempo». Libros, prensa, teatro, arquitectura, las formas del entretenimiento popular, pintura, música, ciencia son, por ello, hechos sociales de primera magnitud. Sucede, además, que en la España contemporánea la cultura ha tenido características singulares: primero, por el mismo «despertar cultural» (en expresión de E.R. Curtius) que España experimentaría en ese siglo; segundo, porque la cultura ha sido una de las claves de la modernización del país, de la modernización de sus ideas, sensibilidad estética y vida moral e intelectual, sin entender lo cual no se entiende realmente la historia española en su totalidad.

Un hecho me parece difícilmente discutible: que, tomada en su conjunto, la cultura española contemporánea aparece cuando menos como una versión discreta de la cultura europea. Desde luego, en la primera mitad del siglo XX, coincidieron en la vida cultural española personalidades irrepetibles: Unamuno, Azorín, Baroja, Juan Ramón Jiménez, García Lorca, Machado, Valle Inclán, Ortega, Marañón, Falla, Miró, Picasso. Luego, la obra de individualidades como Ramón Carande, Caro Baroja, Cela, José Hierro, Julián Marías, Lapesa, Emilio García Gómez, José Antonio Maravall, Laín Entralgo o Luís Díez del Corral, hizo que España no fuese un desierto cultural entre 1939 y 1975. Con Tapiès, Chillida, Sáenz de Oiza, Bofill, Saura, Cristóbal Halffter, Gil de Biedma, Valente, Benet y Juan y Luis Goytisolo (y posteriormente, a partir de 1975, con Calatrava, Moneo, Enric Miralles, Navarro Baldeweg, Campo Baeza, Miquel Barceló, Cristina Iglesias, Juan Muñoz, Almodóvar, Gutiérrez Aragón, Javier Marías, Muñoz Molina), la cultura española recobraría, además, el pulso de la modernidad.

La cultura española contemporánea es, así, una variable europea. Los nombres citados (y ciertamente, algunos otros) son parte indudable de la cultura europea, no gentes que se han asomado ocasionalmente a ella. Por hacer referencia sólo a ejemplos recientes, la obra de Chillida —una obra hermética y misteriosa, un mundo abstracto de formas complejas e innovadoras— es una de las manifestaciones más trascendentes de la cultura europea de la segunda mitad del siglo XX. La nueva arquitectura española es sencillamente magnífica. Desde los años noventa, los escritores españoles (el caso más sobresaliente, Javier Marías) vienen siendo profusamente traducidos. La obra de Savater —un pensamiento provocador y audaz, una prosa fértil, ingeniosa y mordaz al servicio de una ética de la libertad entendida como reivindicación plena de la vida, pero también como asunción de responsabilidades morales sustantivas— es ampliamente conocida desde hace años en Italia y Francia.

En la actualidad, la cultura española se define por un nivel de calidad y modernidad más que discreto, posiblemente notable. El debate sobre ella no es, sin embargo, menos necesario. Todo lo contrario. Precisamente, reducirlo a este o aquel escándalo literario, a la oportunidad o inoportunidad de esta o aquella exposición oficial, a las obras de rehabilitación (mejores, peores) de un museo o de una biblioteca, a polémicas de escritores, al acierto o desacierto de una decisión ministerial, es, por lo que enseguida diré, errar el blanco. Lógicamente, todo ello puede y debe ser objeto de debate y análisis. Pero la verdadera amenaza que hoy se cierne sobre la cultura-en España y fuera de España-es el cambio que en el sistema cultural (esto es, oferta y demanda de las distintas industrias culturales) viene operándose en las últimas décadas. Las claves del cambio son probablemente éstas: la decidida orientación de toda la industria cultural hacia el mercado, sobre la base de grandes promociones publicitarias y llamativas campañas de lanzamiento; irrupción en la vida cultural de los medios de comunicación y auge irresistible de la cultura audiovisual; presencia social verdaderamente inundatoria de formas de la cultura de masas (televisión, radio, deportes, literatura de bestsellers, revistas gráficas…).

El resultado de ello es evidente y, lo que es peor, en mi opinión irreversible. La alta cultura ha ido perdiendo si no presencia real, sin duda autoridad sobre la sociedad. Personalidades «mediáticas» han ido desplazando a los intelectuales en el liderazgo moral de la opinión. Productos pseudoculturales (libros de escándalos, biografías de «famosos», concursos televisivos detestables, la vida sentimental de personalidades insignificantes, la explotación radio-televisiva de dramas humanos...) han ido acaparando la agenda de la actualidad cultural. Confusión y falsedad —y la trivialización de la cultura convertida muchas veces en moda y espectáculo— definen en todas partes el panorama cultural: o por lo menos, lo deforman y subvierten. Nos hemos instalado en esto: en una cultura vinculada a la actualidad inmediata y efímera, y dependiente de la publicidad y de la excitación del momento.

El cambio que se ha producido en España en ese sentido resulta significativo. En 1900, por ejemplo, cultura era igual (o empezaba a ser igual) a modernismo y generación del 98; hoy, cultura es sobre todo mercado y medios de comunicación. Hasta hace unas pocas décadas, cultura era un acto sustantivo de creación intelectual o artística; ahora es, en buena medida, publicidad, la venta de un producto.

No hablamos, decía al principio, de una cuestión banal, menor. La historia de la cultura —escribió el escritor Barraclough en su difundidísima Introducción a la historia contemporánea (1964)— no es otra cosa que el estudio de los cambios que en nuestras actitudes humanas básicas se producen en el tiempo. El malestar actual que se percibe en la cultura española es, por tanto, expresión de algo mucho más profundo: revela cambios capitales en nuestras actitudes ante las cosas. Ése sería, lógicamente, el debate sustantivo que, desde mi perspectiva, requeriría la cuestión de la cultura en España. Porque otra cosa carece de interés; o eso creo.