La culpa es de Ángela

IGNACIO CAMACHO
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CUANDO el empleo ofrezca algún síntoma razonable de recuperación en España, lo que ocurrirá bastante más tarde de lo que proclama Zapatero, el presidente sacará pecho y blasonará de haber atravesado la recesión sin graves conflictos sociales. Desde su particular punto de vista confunde problemas sociales con problemas políticos porque éstos son los únicos que realmente le importan. En el discurso zapaterista, la verdadera preocupación de la crisis consiste en minimizar el descontento electoral que provocan casi cinco millones de parados antes que en encontrar una salida para una quiebra de la que el Gobierno no se siente responsable. De ahí el pacto de hierro que ha sellado con los sindicatos, basado en la extensión de los subsidios que garantizan la paz en la calle. Mientras en fechas como el 1 de mayo no se oiga una sola protesta laboral contra el poder -ayer hubo críticas... ¡a Angela Merkel! por su tardanza en ayudar a Grecia: puro internacionalismo proletario-, la estrategia económica gubernamental estará orientada casi exclusivamente hacia la forma de encontrar el dinero para sostener el gigantesco gasto de cobertura. El déficit sólo inquieta en la medida en que pueda comprometer la financiación de esa inmensa red paliativa.

Por eso, frente a una opinión pública que resalta las escandalosas cifras del paro como el retrato de un fracaso social, el Gobierno las interpreta con una relativa tranquilidad respecto a su grado de influencia en la estabilidad política. Confía en que los subsidios y el amplio colchón de economía sumergida sigan amortiguando la caída de la renta disponible de los desempleados y les permitan mantener una cierta capacidad de consumo. Lo urgente para los intereses políticos, pues, no es tanto impulsar las condiciones de contratación como asegurar el flujo de fondos públicos que evitan el descontento y la conflictividad.

La razón de fondo de esta estrategia es la convicción del presidente de que la crisis se irá tan sola como vino. Zapatero nunca ha dejado de considerar la recesión un accidente externo, una especie de tormenta que acabará alejándose por sí misma a remolque de los complejos procesos internacionales que la desencadenaron. Su prioridad continúa siendo la de resistir, y si ahora esboza amagos de reformas en las que de ninguna manera cree es porque de veras piensa que estamos en un punto de inflexión y necesita tranquilizar a los mercados de deuda que le permiten financiar los mecanismos asistenciales. Su esfuerzo actual se centra en la elaboración de una retórica reformista que eluda la contradicción con su tozudas -y tan recientes- proclamas inmovilistas. Va a chirriar la maniobra, pero ésa es su especialidad; siempre ha sido un experto en reinvenciones de sí mismo. Y si no cuelan, sus complacientes aliados sindicales estarán ahí para oponerse con mucha firmeza a la cicatería prestamista de Ángela Merkel.