Los cuatro magníficos

M. MARTÍN FERRAND
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CUANDO, en la estela de Akiro Kurosawa, John Sturges quiso cantar la gloria de los abnegados héroes dispuestos a salvar la libertad de un pueblo frente a sus malvados opresores convirtió a los samurais en pistoleros y rodó «Los siete magníficos». Medio siglo después, mientras las fuerzas del mal -desde The Wall Street Journal a Financial Times- disparan sobre Zapatero, Elena Salgado, Miguel Sebastián y otros devaluados socialistas incapaces de enfrentarse a una crisis brutal y creciente, los magníficos se han quedado en cuatro, que todo merma; pero ahí están Javier Gómez Navarro, Guillermo de la Dehesa, Miguel Roca y Antonio Garrigues Walker en los papeles que en su día representaran Yul Brynner, Steve McQueen, Charles Bronson y James Coburn. Todo un espectáculo al servicio de la Nación... y del impreciso y etéreo Gobierno Zapatero.

La que dice ser y llamarse Fundación Confianza, en la que se percibe la iniciativa del Consejo Superior de Cámaras de Comercio y cuenta con la ayuda de un grupo de abnegados y grandes empresas acostumbradas a satisfacer tasas no previstas en nuestro ordenamiento jurídico, promueve una campaña -«Esto solo lo arreglamos entre todos»- en la que se pretende que los ciudadanos recuperemos la confianza -¿en quién hemos de confíar?- y el Gobierno, pobrecito, alivie una responsabilidad que, si se repasan los acontecimientos, le corresponde en exclusiva. Quienes, por mezquinas razones electoreras, no quisieron ver llegar la crisis que padecemos y que, por falta de talento, no son capaces de enfrentarse a ella buscan el disimulo de su incuestionable autoría. Por eso calbalgan ya los magníficos de Gómez Navarro.

Está muy bien que la sociedad se movilice y que personas de respetable notoriedad amparen a un Gobierno en sus tribulaciones; pero, ¿ese dignísimo papel le corresponde a las Cámaras de Comercio, una entidad que no es de adscripción voluntaria y que sus cuotas obligatorias las ejecuta la Agencia Tributaria? Los empresarios y los profesionales son muy dueños de, según su voluntad, acudir en socorro del Gobierno, de la Fundación Vicente Ferrer o de las víctimas de Haití; pero en las Cámaras es exigible, dada su extraña naturaleza y estructura, la más prístina neutralidad política. Al Gobierno no le faltan ayudas y servidores y, en este caso y por razones estéticas -por lo menos, estéticas- sobra uno de los magníficos.