¡Cuánto tiempo sin verte, Luisa Fernanda!

Por LUIS IGNACIO PARADA
Actualizado:

PLÁCIDO Domingo puede permitirse el lujo de cantar en taiwanés, como hizo en noviembre pasado, con la misma naturalidad con la que desgrana rancheras mexicanas, pronuncia las consonantes finales de un leader alemán, o interpreta «La dama de Picas» en ruso. No llega al corazón de las masas por el vehículo del idioma. Ni siquiera por la armonía de sus registros sonoros. Arrebata a la audiencia selecta de los grandes teatros de Ópera, a los auditorios al aire libre, al oyente solitario que escucha una grabación por la credibilidad de lo que siente cuando parece que interpreta. Poseedor de una de las voces más bellas de la historia del «bel canto», el dramatismo que transmite, la pasión que aporta, el estremecimiento que despierta son la esencia de su arte. Con el poderío de Gayarre, la sensibilidad de Fleta, la exquisitez de Lázaro, la elegancia de Carreras, la proyección de Kraus, reúne en sus actuaciones lo mejor de los grandes tenores españoles de todos los tiempos. Con los recursos de Gigli, la impronta de Caruso, la calidez de Schipa, la valentía de del Mónaco, la ilusión de Di Stéfano, la pasión de Lanza, la profundidad de Corelli, la bravura de Pavarotti, afronta los retos que él mismo se impone con un despilfarro que pocos cantantes en la historia de la lírica pueden acreditar.

A nadie puede sorprender que anteanoche asombrara al público del teatro que alberga la temporada del Scala de Milán. Cantó «Luisa Fernanda», una historia de lealtades en conflicto, de amor, guerra y ambición en el Madrid revolucionario de 1868, una sucesión ininterrumpida de soberbias melodías que invita a gritar «¡Cuánto tiempo sin verte, zarzuela!». Y a agradecer a Plácido Domingo su compromiso con el género mal llamado «chico». Algo que hace con el entusiasmo de Vidal, el personaje que encarnó: «Si hay que luchar, sabré reñir; si hay que vencer, sabré morir.» Y sin pedir recompensa a nadie mientras consiga su ilusión, que es emocionarnos.